martes, 20 de diciembre de 2016

"Dream Baby Dream"



Cuando Alan Vega y Martin Rev formaron Suicide y compusieron su disco homónimo estaban pensando en cierto tipo de asesinato de la cultura, cierto tipo de cataclismo trascendental, esquizoide, sucio e intoxicado. Implosión final de la conciencia, claudicación y mortalidad de todo lo bello, como en un relato burroughsiano, las canciones de Suicide transitaban por un espacio en sombras del american dream donde confluían con otras joyas del genio disfuncional y con las narraciones del desencanto al estilo de la Velvet Underground y The Gun Club, pasadas por el filtro post-punk del tecno neoyorquino. Reverso oscuro de la Nación americana basada en la prosperidad y la esperanza, el estilo vocal de Vega y el maquinismo de Rev no hacían honores a la técnica ni al manierismo que impregnaba la música de aquellos años. El tiempo de las neovanguardias había pasado y el espíritu renovador de las contraculturas parecía, ahora éste también, un sueño muy lejano.   

Tal vez la canción que mejor ejemplifica esto es “Dream Baby Dream” (y no es casual la doble evidencia de la palabra "dream", que designa a un tiempo el acto de soñar como el sustantivo "sueño"). El sueño de "Dream Baby Dream" es un sueño que se ha trastocado en pesadilla. Con un bucle armónico que hace pensar en las canciones románticas de los años cincuenta, la voz de Vega se va transformando en un delirio maníaco; podría ser la voz de un cantante enamorado con unas copas de más, o la de un Elvis Presley febril y deslustrado en pleno bajón de anfetaminas, o la de un padre de familia fascinado ante las pantallas de la realidad telemática que por aquel entonces todavía eran la principal herramienta del establishment. (Hay que tener presente que es en esta tradición de la música y de la cultura americana donde la canción de Suicide se inserta, como homenaje o conato final a una cadena de significantes que constituyen la industria del entretenimiento del siglo XX.) “Sueña, sueña”, le dice ese padre de familia al objeto de sus deseos, como en una reformulación de aquella película de Sidney Pollack, Danzad danzad malditosEl imperativo categórico de “soñar” o de “tener un sueño” se convierte así en un mandato agónico. Es un sueño que pareciera haberse olvidado de la finalidad del sueño en sí, para centrarse en la propia actividad soñante, en el sueño “para sí”. (Nota: la versión que hizo Bruce Springsteen en 2014 prescinde del lado "schyzo" de Vega y Rev para resaltar únicamente el lirismo de la armonía; algo muy propio del estilo corajudo y entusiástico de Springsteen, pero que revierte la canción de Suicide por completo; por algo el disco de Springsteen se titula High Hopes, es decir, lo que vendría a ser el reverso inequívoco de "suicidio".) El american dream es entonces este impasse, este encierro en la propia compulsión que sueña, ya muy alejado de la posibilidad de alcanzar el objeto de su sueño (algo que capta mucho mejor la sonoridad onírica pero trastornada de Suicide que el pragmatismo luminoso de Springsteen). El objeto de este sueño escapa continuamente, se escurre como entre los acordes de una melodía psicodélica, y sólo queda la gratificación, la repetición, el automatismo. 

 


Edito: a raíz de los comentarios de amigos en mi página de Facebook, se podría intentar aquí una "genealogía del sueño" en la música americana, desde el estándar de jazz de los años treinta "Dream a Little Dream of Me", pasando por "Mr Sandman", la versión de "All I Have To Do Is Dream" de los Everly Brothers (1958), "Dream Baby" de Roy Orbison (1962) o "If I Can Dream" de Elvis (1968), hasta el anti-éxtasis demiúrgico de la canción de Suicide. 
Como apuntaba arriba, es en esta tradición donde debe ubicarse “Dream Baby Dream”, la cual, si bien no sabemos si guarda relaciones explícitas con aquello que Guy Debord llamó la “sociedad del sueño”, sí certifica una constancia y una permanencia de lo onírico sobre las posibilidades, a menudo inquietantes y equívocas, de nuestras existencias abocadas al fin impreciso de la vigilia.     

viernes, 18 de noviembre de 2016

Adam und Eva




Otro de los cuadros que me impactaron del Hamburger Bahnhof de Berlín, cuando estuve allí hace unos meses, y que se exponía en la colección temporal sobre "Entartete Kunst" (el, así llamado por los nazis, "arte degenerado").
En 1917, Max Beckmann pintó esta variación del motivo de Adán y Eva y el árbol del conocimiento. El Paraíso de la inocencia queda muy lejos aquí. Las dos figuras aparecen viejas, hastiadas, enfermas (véanse los tonos verdes de la piel de Eva); y lo que es más, extrañadas y desnaturalizadas de su propia condición (el ademán de Adán rechazando el pecho que le ofrece Eva con un gesto de cansancio; la pose incómoda, y hasta tocada por un sentido del ridículo). Adán más bien parece un pequeño burgués que lo hubiera perdido todo jugando a las cartas, y ella es una señorona de pelo mustio que se ha hartado de esperar a su príncipe azul. El ojo abyecto de la serpiente enroscada en el árbol parece celebrar el triunfo sobre la virtud perdida de estas dos criaturas.
Durante la Primera Guerra Mundial, Beckmann estuvo destinado en Flandes y fue víctima de una crisis nerviosa que lo dejó profundamente traumatizado. A partir de ahí cambiaría su estilo y empezó a pintar motivos religiosos, casi como si de un negativo de El Greco se tratara (se ha señalado el interés de Beckmann por el gnosticismo, pero la influencia de El Greco es también perceptible en sus pinturas religiosas, como en el Cristo descendiendo de la cruz). Beckmann reivindicaba un tipo de “realismo trascendental”, en el convencimiento de que el pintor ha de enfrentarse a la realidad sin ningún tipo de ilusiones.

"Ser un hijo de nuestro tiempo -escribió-. Oponer el naturalismo contra el propio ser. La objetividad contra las visiones interiores. Mi amor pertenece a los cuatro grandes maestros del misticismo masculino: Mälebkircher, Grünewald, Brueghel y Van Gogh."

domingo, 30 de octubre de 2016

Luciérnagas



"Tal sería, en todo caso, la miserable 'gloria' de los condenados: no la gran claridad de los goces celestiales bien merecidos, sino el pequeño fulgor doloroso de las faltas que se arrastran bajo una acusación y un castigo sin fin. Al contrario que las falenas, que se consumen en el instante extático de su contacto con las llamas, los gusanos relucientes del infierno son pobres ‘moscas de fuego’ –fireflies, como se llaman en inglés nuestras luciérnagas— que sufren en su propio cuerpo una eterna y mezquina quemazón. Ya a Plinio el Viejo le había resultado inquietante una especie de mosca, llamada pyrallis o pyrotocon, que no podía volar más que en el fuego: ‘Mientras que está en el fuego, vive; cuando su vuelo la aleja excesivamente de él, muere.’"

Georges Didi-Huberman; Supervivencia de las luciérnagas; Abada Editores, 2012. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

Cortinas




La cortina cubre y descubre sucesivamente, por una serie de movimientos no previsibles, el paisaje de fondo como en una suerte de versión magritteana. El juego del velamiento, la seducción y la pornografía, el advenir-ser de los objetos en su baile continuo de máscaras, todo ello acontece en una encrucijada pueril e intrascendente, en un cerramiento especular y escópico de perspectivas. El velo se levanta para mostrar un instante lo que no se ve, o lo que sólo alcanza a ser entrevisto, y de inmediato vuelve a dejarte con la sensación de haber atisbado algo allá afuera. Algo ¿qué? Algo que, intuyes, tampoco revela mucho en realidad. Tan sólo el movimiento lánguido, indiferente, azaroso, de ese pedazo de tela translúcida que reitera la sola cadencia de su presencia inanimada. Es el erotismo de una realidad banal, finalmente, en la que no importa tanto lo mirado, sino el propio deseo que anima al mirador y a lo mirado.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

martes, 19 de julio de 2016

The Torture Never Stops (Frank Zappa)



Uno de los rasgos de la música de Zappa que más aprecio, nunca me cansaré de repetirlo, es la infinidad de variaciones, nuevas versiones y arreglos que cada uno de sus temas, suites, piezas, solos de guitarra, letras y lo que fuere, iban adquiriendo con el tiempo. Zappa desmontaba el concepto de “versión original” con la misma disposición que los músicos de jazz tienen para partir de un lejano estándar a modo de “guía”, y de ahí ir desenrollando interminables evoluciones. De hecho, la historia de Zappa se podría seguir por la historia de algunas de sus variaciones. Una de mis favoritas, nadie lo ignora, ha sido siempre “The Torture Never Stops” --pieza que incluso llegué a tocar una vez en directo (completamente “blueseada” eso sí), en un malogrado concierto acústico.

Siguiendo la evolución de la “Tortura”, seguramente uno de los temas más hipnóticos y fascinantes de Zappa, y cuyo inventario a lo largo de continuas giras, conciertos y cambios de formato sería por supuesto inabarcable, vamos a visitar la totalidad de versiones publicadas hasta la fecha: 6 de ellas aparecidas en vida del maestro (de 1976 a 1991), y otras 4 editadas póstumamente en los últimos años. Ahora bien: en vez de hacer el recorrido cronológico, nos detendremos en las versiones más conocidas (las 6 primeras) y haremos al final un breve apunte sobre las 4 versiones póstumas, dado que, a pesar de que no carecen de interés, las primeras son sin duda las que más nos han marcado.     

Aunque fue lanzado en el disco de estudio Zoot Allures (1976), el grueso conceptual y lírico del tema provenía de una improvisación de 1975 con el Capitán Beefheart, durante la gira que daría lugar a otro de los grandes discos míticos de Zappa, Bongo Fury (publicado sólo unos días antes que Zoot Allures, en octubre de 1976).




[1] La versión original de “The Torture Never Stops”, con el Capitán Beefheart (1975).  

Bongo Fury, que muchos recordarán por la inacabable “Muffin Man” que cierra la cara B y por las memorables apariciones de Beefheart, era un disco que lograba destilar y contener lo más sórdido y decadente de la América profunda del Medio Oeste (las partes en directo de Bongo Fury fueron grabadas en Austin, Texas), con ese aura oscura y enfermiza, que se diría salida de una película de David Lynch. Pues bien, la versión original de la Tortura conserva ese mismo ambiente: hay que escuchar esa narración de Beefheart, probablemente una de las mejores de su historia. Beefheart, no lo olvidemos, era deudor directo del estilo de Howlin Wolf a la voz, y así esta llegada al mundo de la Tortura vino envuelta en un tempo de blues circular y maníaco, cuyo final en fade-out hace presentir una duración todavía mayor que sus 9 minutos con 19 segundos. ¡Qué momentos de divina locura debían de vivirse en aquellos conciertos! El riff que conduce todo el tema, según se ha dicho, parece una variación de “Smokestack Lightnin”, y corre a cargo de Dan Walley que también ejecuta el solo central de guitarra.

Estamos ante un tema completamente diferente del que luego se conocería, y que en el momento de su tardía publicación (en un primer momento, en el recopilatorio Cheap Thrills de 1988, y después en la caja azul de los famosos You Can’t Do That on Stage Anymore, vol. 4) fue una auténtica sorpresa para los aficionados, que hasta entonces sólo habíamos escuchado la Tortura tal como fue concebida para Zoot Allures y las posteriores interpretaciones en directo, que aquí comentaremos.  

La versión “original” de Zoot Allures (que ya decimos que no es original)  fue grabada en mitad de periodos convulsos, entre demandas y litigios con la Warner Bros., y con la desbandada de algunos músicos de la orquesta. En este atípico trabajo, Zappa se metería en el estudio a grabar prácticamente solo con el batería Terry Bozzio, a quien ya conocíamos de la gira de Bongo Furyy con el añadido de coros y arreglos posteriores.                    


[2] La versión de estudio de “The Torture Never Stops”; en Zoot Allures (1976).

La Tortura de Zoot Allures es uno de los relatos más sombríos de su larga discografía. Llaman la atención enseguida esas sonoridades amplias, esas cuerdas sobrias y apenas sin electrificar, el Tiempo reposado, dilatado ad aeternum, y que, aunque mantiene la larga duración (9’ 48’’), sólo conserva de aquella jam con Beefheart la magnífica letra. Un relato que nos habla de mazmorras malolientes, de paredes que sudan moho verde, de instrumentos de tortura (cómo no), de la Noche de la Salchicha de Hierro (imaginen para qué), de un enano maligno que escurre la sangre con una fregona (objeto fetiche de Zappa), de Él Ella como sujetos alienados en el confinamiento y la demencia, de un Príncipe del Mal que maldice a toda la humanidad…  

Hay algo profundamente ominoso en esta versión de estudio, y confieso que tardé tiempo en llegar a valorarla en su justa medida, pues siempre me resultaron incómodos esos gemidos y gritos (de una mujer sin identificar) en el pasaje central del solo, en mi opinión un poquito salidos de quicio, y cuya experiencia anti-musical sólo podría equipararse a aquel llanto de bebé en “The Kids” de Lou Reed. Sin embargo, una vez superada esta anomalía, el resto del tema se revela absolutamente indispensable. Los delicados arreglos al teclado -interpretados por el propio Zappa que en esta sesión toca todos los instrumentos a excepción de la batería- confieren a la atmósfera un extraño estado de ingravidez. Hipnótico y cautivador como pocos, el nuevo corte aporta esa melodía genial que abre el tema, y que en el correr de los años, con las distintas reelaboraciones, llegaría a sonar como un auténtico anuncio del Apocalipsis. 




[3] Portada de Zappa In New York (1977).

La versión en directo de Zappa In New York, editada en 1977, pero extraída de una serie de conciertos de 1976 (los famosos conciertos de Halloween y Navidades, que con el tiempo se convertirían en tradición neoyorquina), empuja el tema ya decididamente hacia otros planos de intensidad. Viene arropado por fin con una gran orquesta, aunque ésta apenas se hace notar; cabe mencionar la inclusión de vientos y flauta, que aportan un aire sosegado al principio. El tema se enriquece con cada nueva interpretación, y los arreglos en este corte en vivo son más propios de una orquesta sinfónica (con los mencionados vientos, pero también sutiles percusiones y timbales). El solo de guitarra, magnífico, comienza limpio pero termina por convertirse en un fantástico ejercicio de distorsión, siempre magistralmente atado por Terry Bozzio, que tal vez haya sido el batería que mejor “acompañaba” los solos de Zappa (es decir, a diferencia de otros más virtuosos como Chad Wackerman o Vinnie Colaiuta, limitándose a “acompañar” y no “solear” durante los solos). La tortura avanza majestuosa, cruel e inexorable, hacia nuevos estados de complejidad... Y ésa es una de las virtudes que más aprecio de la pieza: la Tortura plantea un continuum implacable, un tiempo absoluto que se diría que araña un espacio trascendental escondido, una catacumba de dolor y depravación allí donde debería haber un lugar destinado a la existencia.       

La versión de You Can’t Do That On Stage Anymore (vol. 1) suele pasar por la preferida de los fans. Sin duda allí se concretan de un modo óptimo los sutiles mimbres que el tema alojaba en su núcleo, ya desde sus inicios; los gritos y gemidos de mujer son sampleados en directo, esta vez con mucho más tiento, y el aparejo de instrumentos, reducido pero eficiente, con la novedad de los sintetizadores, aporta en esta ocasión el punto perfecto en el que todas las piezas encajan armoniosamente, con el tempo justo, ya ligeramente más “swingueado” que en las versiones aparecidas con anterioridad. Además, esta versión es remarcable por su extraordinario solo de guitarra, de casi 8 minutos de duración, en un total de 15’ con 48’’.    




[4] “The Torture Never Stops” (1977); en You Can’t Do That On Stage Anymore, vol. 1

Ésa fue una de las giras de 1977 con Adrian Belew, junto a Terry Bozzio y Patrick O’Hearn, Tommy Mars y Ed Mann, un combo pequeño, si tenemos en cuenta las nutridas orquestas de Zappa, pero no por ello menos excelente.

La de Thing Fish (1984), cantada por Ike Willis y rebautizada para la ocasión como "The Torchum Never Stops", es tal vez la versión menos espectacular, pero esto es así porque Thing Fish no era un disco propiamente musical, sino el acompañamiento de una obra de teatro, en una revisión satírica de las obras de Broadway. A lo largo de su monstruosa actividad creativa, Zappa había proyectado diversos libretos o guiones para televisión, cine y teatro, como es el caso de Thing Fish, aunque no llegó a dar con el entusiasmo de los financieros, y las pocas obras audiovisuales que sí pudo realizar tuvo que autoproducirlas. ¿Tal vez por ello se decidiría a grabar este triple LP con la música de Thing Fish? La obra torpedeaba sin remisión la censura y la moral puritana de Estados Unidos, y venía con este regalito para sus amigos del Senado:
    
   This album contains material which a truly free society would neither fear nor suppress. In some retarded areas, religious fanatics and ultra-conservative political organizations violate your First Amendment Rights by attempting to censor rock & roll albums. (…) If there is a hell, its fires wait for them, not us.

Con todo, Thing Fish fue llevada a escena en ocasiones y Hustler Magazine realizó en 1984 un fantástico reportaje, con una delirante puesta en escena navideño-sadomasoquista, con Ike Willis como “Pez-Cosa”, y la malograda stripper Annie Ample en el papel de una tórrida “Rhonda”.   




[5] Página de la revista Hustler Magazine (1984) http://globalia.net/donlope/zappa/traducciones/thing-fish.html 

La versión-Thing Fish, asimismo, contiene un asombroso interludio-cantata protagonizado por el Príncipe del Mal (Ray White), que más tarde cobraría entidad propia y se transformaría en uno de los momentos más fascinantes de la producción zappiana: “The Evil Prince”, cuya única grabación en directo (tal vez una de las muestras más prodigiosas del sinfónico-eléctrico zappiano) se puede escuchar en You Can’t Do That On Stage Anymore, vol. 4.       

Y con esto llegamos a la versión de 1988, con la (así llamada) “mejor banda que has escuchado en tu vida”. Viene presentada en Partes I y II, y con un interludio jocoso en el que cabe de todo. La estructura es metamorfoseada, deconstruida, fragmentada con sarcásticos incisos, citas y digresiones, y hasta retomando algún viejo tema de las Mothers of Invention. Una mezcolanza carnavalesca que podría parecer sin sentido, pero que en realidad guarda una gran lógica interna, como solía ser la lógica de Zappa. La música de Zappa es un espacio donde no rige ningún Principio de Identidad: A nunca es igual a A, Zappa nunca es igual a Zappa, y ahí es donde naufragan todas las ontologías e intentos por definirlo en una estructura dinámica. Es por esta cualidad polimórfica que su obra resulta inabarcable e inasequible desde el método racional. 




[6] “The Torture Never Stops, Part II” (1988); en The Best Band You Never Heard In Your Life
   
Lo primero que llama la atención de esta versión en vivo es la poderosa sección de metales, que ataca la melodía inicial como un infierno. La producción de aquella gira, fielmente reflejada en The Best Band You Never Heard In Your Life, resulta particularmente soberbia, así como la ejecución de aquel grupo que “se autodestruyó a sí mismo” --según reza el libreto del disco--, la última gran Big Band rockera del maestro antes de que se recluyera en sus proyectos ulteriores a causa del cáncer.   

En la Parte I, el tema va desarrollándose en una suite surrealista. La primera digresión salta hacia el minuto 3, cuando la melodía se transforma en una parodia de salón de baile, con Ike Willis a la voz cantante, y los vientos haciendo cosas ridículas (si se fijan, ya estaba sugerido este inciso irreverente en la versión de YCDTOSA #1). El propio Zappa sale al envite y se marca uno de los momentos más hilarantes, cuando, donde debería ir la inquietante reiteración del verso “All men be cursed”, se pone en plan predicador del fin del mundo y la banda le va replicando con la BSO de Misión imposible… Tras esto, hay un desconcierto general y se escuchan los acordes rasgueteados de una guitarra “estúpida” (y luego se verá por qué); la Tortura se reanuda momentáneamente y, sin tiempo de racionalizar aquello, se arrancan con la música de Bonanza… Todo un “medley” anti-americano que culmina con la vieja “Lonesome Cowboy Burt” (“el eructo del vaquero solitario”; no hay que olvidar que estamos en los últimos días de la era Reagan); en conjunto, un pasaje de estupideces y gamberradas de baja catadura, incluyendo flatulencias y cánticos tiroleses, que contribuye a hacer todavía más apabullante el cambio de vuelta a la Tortura: “¿Dónde está mi prostituta? OPAL, PERRITA CALIENTE” (según la traducción de Román García Albertos).    

La cosa vuelve a su cauce en la Parte II, con un solo de guitarra maravilloso. Zappa utilizaba en aquella gira una Fender Stratocaster adaptada con pastillas Dimarzio, así como un efecto Flanger y los clásicos tuneos de su factura (como el uso de púa metálica y su mordido característico, tocando muy cerca del principio del mástil), que contribuían a lograr esos solos cristalinos y que en mi opinión encierran la madurez absoluta del Zappa-guitarrista. Un solo de diez minutos que es buena muestra de sus “arquitecturas de aire”, como él solía llamarlos.

También merecen atención, como comentaba al principio, las versiones aparecidas en las últimas ediciones póstumas, entre ellas la de Philly 76’ (con la pequeña banda que grabó Zoot Allures, más Ray White y Bianca Odin a las voces); la de Buffalo, de 23 minutos, e intermedios "jazzísticos" (con la engrasada banda de Tinseltown Rebelion); o Hammersmith Odeon. Especial mención para mi favorita de estas últimas, la versión de FZ:OZ, en una curiosa gira que en 1976 llevó a Zappa, Terry Bozzio, Napoleon Murphy Brock, Roy Estrada y Andre Lewis a incursionar en las antípodas australianas. Lo novedoso de esta versión, pese a lo abrupto y desarrapado de la sesión, es que Zappa y sus chicos compensan la carencia de medios con una dosis extra de entusiasmo; podemos escuchar al maestro fuera de sí, jaleando al público y quebrando la voz (en esa gira sufrió la lesión de cuerdas vocales que lo dejaría medio mermado al micrófono), mientras un festivo Bozzio atornilla platos y tambores y hace coros. Sin duda la versión más desenfadada de todas las consignadas.




[7] “The Torture Never Stops” en Australia (1976); en FZ:OZ.

Así, lo que empezó siendo una jam improvisada con el Capitán Beefheart en los años setenta, termina en una suite en cuatro actos, llena de humor y genialidad, pero que conserva el espíritu inicial en sus pasajes más solemnes, que parece proyectarse a la eternidad con su tempo meditabundo, con su mirada enarcada, con su maldición profética que ahoga la estupidez humana en un caudal de música sin fin… ¿Alguien podrá jamás contestar esta pieza aniquiladora, esta fiesta de la irracionalidad y la negrura del corazón humano, que con humor e ironía echa por tierra todos los grandes poemas, las grandes odas a la alegría, los lamentos afectados?... ¿Alguien se atreverá a descifrar el infinito código escondido tras sus renglones, tras las palabras de un dios loco como era Zappa, y que, adoptando por momentos la voz cavernosa del Príncipe del Mal de la canción, parece lanzarnos al abismo con su sentencia no carente de respuesta?... ALL MEN BE CURSED (AND DISAGREE, WELL NO ONE DURST). 

lunes, 11 de julio de 2016

San Fermín, política y Principio de Muerte



Todo el asunto de los san Fermines, tan cercanos en el tiempo a lo ocurrido en las pasadas elecciones, me da que pensar que el ibérico es un ser que corre feliz a su autodestrucción. Caricatura goyesca que abraza con goce su télos más fundamental, su doblez intelectual y social, y que se rige soberana y despreocupadamente por la aceptación de su Principio de Muerte. 

Y lo hace a plena conciencia. Sólo que esta conciencia plena, como veremos, no es ninguna conciencia necesariamente coherente

Nunca antes, en la historia de los san Fermines, había existido un marco social tan favorable a los derechos de la mujer, como tampoco había existido nunca un movimiento pro-animalista tan acentuado (como tampoco había existido en la historia reciente de la democracia un sentir general tan abiertamente crítico, ni un conocimiento tan objetivamente científico sobre la corrupción social y política). Pero ¿qué es lo que ocurre en realidad? Hemos acudido en masa a votar a los agentes del thanathos, cuando no a las mismas entidades de la corrupción general; paralelamente, en los encierros, los casos de abusos y tocamientos se normalizan, son buscados incluso con mayor ahínco por sus execrables practicantes, que no dudan en acorralar a jovencitas en los portales, meterle mano a una agente de policía, o aprovechar la confusión para tocar alguna teta (esto pude contemplarlo con mis propios ojos, en unas imágenes del telediario; mientras daban la noticia de una cornada, en la esquina opuesta de la imagen alguien aprovechaba para manosearle los senos a una chica que huía de la cogida). En lo tocante a lo animal, no hay más que ver cómo hordas de sujetos civilizados, gente guapa y moderada, usuarios de las nuevas tecnologías y a la última en estilos de vida sofisticados, con trabajos de diseño, informáticos o freelance titulados, se aprestan a unirse al festejo de los prodigios agrícolas. Ya no son, en efecto, representantes de la bruticie ni del folclore más inveterado quienes corren cuales bárbaros delante de las astas, sino niños bien y eficientes voceros de la modernidad social. De nuevo los telediarios: allí podemos ver las imágenes de los encierros, con sus estampidas y tumultos de gente hacinándose, montadas con una canción de Lady Gaga (o algo por el estilo), es decir que lo que allí se vende es la imagen cool y sensibilizada de uno de los ritos menos sutiles y glamurosos que quepa imaginarse. -En un sentido exhaustivo, el híbrido Lady Gaga-san Fermín es un intento ideológico tan burdo como el híbrido entre el capitalismo espectacular y la realidad social. 

Más aún: habría que preguntarse por la dudosa validez de la premisa que estructura este extraño híbrido: ¿es posible realmente la conjunción entre lo políticamente correcto, la defensa de los derechos animales y la paridad de géneros con una fiesta como san Fermín, cuyo sentido original no es otro que la celebración de los instintos, la fiesta de la dominación del hombre sobre todas las especies cualesquiera sea su género? ¿No estamos aquí ante un caso claro de lo que podríamos llamar un principio de inadecuación o Incoherencia que regiría sobre todas las cosas, tal como proponía Žižek en su teoría del "paralaje", o antes que él Clément Rosset con su principio trágico de "disonancia"?  

Y ¿no estamos haciendo lo mismo cuando de una parte hablamos de una sociedad civil más justa, y de la otra permitimos la entrada a las bestias negras del capitalismo financiero? 

Por unos días, en los san Fermines, el sujeto moderno educado en la sensibilidad y en la moral del goce extremo es capaz de abandonarse a la bestialidad más vernácula y correosa (y, de un modo análogo, la flexibilidad del modelo económico liberal permite aceptar de buen grado los latrocinios y tropelías que se cometen en su nombre); allí se consensúan las pulsiones de Muerte y Violación como si fueran los elementos redentores de una domesticación masiva, a la que todos nos rendimos sumisamente en cuanto entramos en casa o apagamos el Facebook. Y se me permitirá poner en duda el componente catártico de este fenómeno post-tauromáquico, ahora puramente espectacular y mediático. No queda ya un ápice de cordura en aquella sana costumbre que consistía en encararse con la muerte, si no es más bien que ésta sirve como salvoconducto para poner al desnudo, en el término de unos pocos días, las profundas (com)pulsiones egoístas que organizan nuestra vida inconsciente, y en particular nuestra indiferencia total hacia el cambio político.

El correlato de esto es la participación en las urnas (o la no-participación, que para el caso es lo mismo) de todo un espectro social enfocado en la muerte sosegada. En el momento que las corruptelas de la clase política salen a la luz y arrecian por doquier, en el momento en que no hay camas en los hospitales y la enseñanza pública es saqueada y arrinconada, en ese preciso momento es cuando decidimos acudir en masa a votar a nuestros verdugos, si cabe con mayor decisión que en el pasado diciembre (y sospecho que si se produjeran terceras elecciones el aumento de la derecha sería todavía mayor).

Como bien ha señalado Žižek, no es que no seamos conscientes de nuestra problemática, sino más bien que somos muy conscientes de ello, y, aun así, hacemos lo que hacemos a conciencia. Žižek, creo que con acierto, no pretende hacer una valoración moral de ese impulso consciente-destructivo, y desde luego no habría nada que objetarle, si no fuera porque ese impulso autodestructivo incluye la destrucción del otro. Es en este punto donde damos el paso de la dimensión psicológica a la dimensión ética. Pues existe una ética precisamente para poner freno a la destrucción irracional del otro, para limitar las fantasías destructoras al ámbito de lo privado, y no convertirlas en realidades intersubjetivas a la fuerza (caso de Hitler, cuyo delirio belicista y antisemita llevó a millones de alemanes a compartir un mismo goce, o de los actuales pontífices de la economía neoliberal, sustentada en un principio indiscutido de goce). 

Lo lógico sería proponer aquí una suerte de "solución" a los males con alguna recomendación del juicio crítico. Pero, como ya advertía al principio, no es una materia coherente la que aquí estamos tratando (la materia humana). Y es que, como lo explica el mismo Žižek, cuando de juicios objetivos se trata: "No es posible elegir directamente el 'verdadero significado', es decir que se tiene que empezar haciendo la elección 'equivocada'." O, para decirlo con Lacan, hay que prevenir siempre "contra la trampa benéfica del querer-el-bien-del-sujeto".

La formación de un juicio omnicomprensivo y constructivo, que tuviera todas sus miras nítidamente enfocadas en la realidad histórico-social, sería una elección consciente que ya no fuera la destrucción gozosa del otro. Pero ocurre que nos movemos siempre en el ámbito de los juicios incompletos, parciales o tan sólo a medias conscientes, en los que no puede operar ninguna lógica de totalidad histórico-social. El encuentro con el Otro siempre es un recorrido elusivo y divergente. La tendencia a dar el mando a una pulsión de muerte estructura en cierto modo esa imposibilidad de un contacto real con el otro, así como la imposibilidad de acariciar un Estado ideal racional y eficiente. En esta incoherencia, o divisibilidad al infinito del propio marco consciente, cristaliza una irresolución esencial y política que es asimismo la irresolución fundamental del ser; del mismo modo que dimana de ella la (im)posibilidad de un cambio de signo político siempre anhelado, siempre sentido como necesario, pero por ello mismo siempre postergado y deficiente. 

domingo, 12 de junio de 2016

Nadie controla nada



"No creo que nadie tenga el control. De eso hablaba McLuhan cuando dijo que la razón por la que tenemos que entender a los medios de masas es que, si no lo hacemos, nos controlarán ellos. No tenemos que antropomorfizar los medios y decir que nos controlarán. Los medios no tienen cerebro; se trata únicamente de tecnología. Lo que pasa es que las cosas se han descontrolado. Nadie controla nada. Sólo hay una apariencia de control. Siento que el desorden está muy cerca, y ésa es una de las razones por las que supongo que me siento un marginado, simplemente porque creo que soy más consciente de la presencia y cercanía del caos."

David Cronenberg; citado por Jorge Fernández Gonzalo en Políticas de la nueva carne: calas filosóficas en la filmografía de David Cronenberg.

viernes, 10 de junio de 2016

Una puerta de Madrid



Una puerta que me fascinaba, cada vez que pasaba por delante, en la calle de Moratín de Madrid.
Una puerta que, según se anuncia en la misma, estaría destinada a "abrir puertas", pero que sin embargo permanece cerrada a cal y canto.
Una puerta descontextualizada, diríase que asediada por esos cables telefónicos y mallas de obra, que la ciernen como una telaraña.
Una puerta-basurero, en la que los despojos han tomado parte hasta convertirla en un tótem de la arquitectura residual, un monumento a la memoria urbana desmitificada, fagocitada por el empuje inevitable del ¿progreso?
Una puerta-híbrido mitológico.
Una puerta-museo de algo así como el devenir, de un lugar procesual en tránsito, en perpetua metamorfosis, aunque anclado todavía a su pasado más pueril ("compre", "venda", "contrate").
Una puerta que habla varios lenguajes, todos ellos incompatibles. Una puerta-campo de batalla semántico, con sus grafitis y sus reclamos publicitarios comunicando consignas inútiles en el vacío.
Una puerta-capitalismo.
Una puerta que ha sido "des-puertizada". Cuya función original ahora parece consistir en su propia disfuncionalidad, en su propia condición de "outsider" frente al éxtasis de los grandes escaparates (no menos vacíos).
Puerta-museo de la discordia. Deyección purulenta. Mutación escatológica... Puerta origen y fin de los tiempos. Esfinge sin misterios.

viernes, 3 de junio de 2016

Devenires de una máscara



Recientemente llegó a mis manos el nº 8 de la revista Lumière. En uno de sus artículos, publicado en enero de 2015, tuve esa extraña experiencia que hallamos en el reconocimiento de lo escrito por otros, en las palabras de los otros, que a menudo se diría que nos describen y nos pre-constituyen. Cuando, de algún modo, encontramos una morfología previa del mundo que ya estaba allí antes de que nos parásemos a pensarlo. Éste fue el caso de "Peripecias de una máscara", de Evaristo Agudo Molina y Vanessa Agudo. Espléndida disquisición estética sobre el último film de Brian De Palma (Passion, 2012), y que conecta con nuestra manera de ver el mundo, que nos habla de "una modernidad abocada a su punto de ruptura"; y apunta: "Vivimos aún en la cicatriz de esa fractura, de ese giro, esta vez histórico-mundial, en que la danza de la significación se ha transformado." 

Disquisición en torno a los signos, pues, que se extiende a la constitución del mundo y a su inevitable fractura. Que tiene que ver con los signos de nuestro tiempo, con su estética, su discurso. 

Por enero de 2015, yo me hallaba trabajando en un ensayo que terminaría excretando de su propio núcleo apretado un absceso residual, especie de eyaculación o secuela en la que vertería las consecuencias de aquella elucubración sobre el mundo que yo había imaginado (y otros antes que yo) como huérfano de todo trasunto ontológico. Es remarcable el primer párrafo del artículo de los hermanos Agudo Molina, porque resalta esa percepción:

El signo, independizado de su función referencial, desligado de las cosas, no las señala ya, se multiplica en una polisemia desbridada, y delira. Las imágenes no convergen creando la estable seguridad de un mundo. No hay mundo. Cuando no podemos fiarnos de nuestras percepciones, cuando éstas han dejado de indicar objetos, de corresponder a un orden externo, la coherencia racional estalla y quedan las figuraciones desatadas de la imaginación, la locura. No hay mundo y nunca lo hubo.”

Así es como el signo se desliza hacia su irrefrenable miasma de arenas movedizas, deviene en su delirio constituyente, y nos invita a desintegrarnos con él. Fusionarnos, metabolizarnos, introyectarnos en una operación inmanente en la que el sujeto productor de signos accede a un espacio residual (pero por ello todavía más real). Es ésta una gramática de los intestinos que interviene allí donde los signos dejaron de ser capaces, implosionados por la multiplicidad y la fractalidad ilimitada de los planos de realidad y sus relaciones simbólicas. En esta economía tractointestinal, o economía de la virtualidad total, los signos actúan no tanto como una “simulación” (donde los signos fingen ser algo que no son), sino como una emulación (en la que los signos se calcan y recalcan con el fin de excederse a sí mismos), en su repetición y proliferación metastásicas. Tal es el signo enajenado que se ha escindido de su dinámica de relaciones ontológicas, de la dinámica del engaño y la realidad, para constituirse en una sobre-representación característica de lo hiper-real. Hiper-espectralización, pues, de los canales sinápticos que componían el viejo mundo y sus economías materiales, de las que ya no queda rastro alguno.  


Ha desaparecido la ilusión de continuidad, el autoengaño en que la mente, temerosa creadora de fijezas, intentaba refugiarse. Así se subvierte la regla de congruencia perceptiva que nos permite validar lo real como real, discernir la verdad del error, la vigilia del sueño. En este régimen las significaciones proliferan en la misma medida en que naufragan y la plenitud de las palabras se troca oquedad. La máscara deviene rostro y el rostro máscara. La fábrica misma del espacio y del tiempo se desteje. (…)”

Todo ocurre aquí como una emulación ostensiva y sin centro, como una exageración en el vacío de las cualidades propias de la representación y la emisión, y cuyo atributo es una suerte de fantasmagoría pura. Juego de máscaras o narración del desastre-hecho-juego que ha perdido cualquier referencia hacia el juego de máscaras originales, hacia los desastres augurales; que se disuelve en el tiempo amnésico de una hipertrofia mediática sin Historia, y para la que la narración del apocalipsis siempre encuentra un salvoconducto paralizante.   

Tal vez debido a ello, la mirada de De Palma nos habla de un placer escondido en el desastre, en 
el orgasmo crepuscular y fallido de un éxtasis que ya no tiene imágenes, porque en él se concitan todas las imágenes. Así, el director "aplasta los niveles narrativos en una imagen", y “las referencias a Mallarmé, Debussy, Nijinsky, distan de resultar caprichosas. Recogen la radicalidad ucrónica de una modernidad abocada a su punto de ruptura, la exaltación de la materialidad extenuada, llevada a su extremo, hasta la frontera del no-sentido.

Certificar la fractura, lo ilegible, lo trastornado de esa "materialidad extenuada"… ése parece ser el cometido de los creadores perspicaces, como es el caso de Brian de Palma -quien, confieso, nunca fue santo de mi devoción, pero que la lectura de "Peripecias de una máscara" invita a mirar con nuevos ojos-. Los hermanos Agudo Molina subliman esa mirada disfuncional o perversa que hay en De Palma, que, al igual que en las narraciones tortuosas de David Cronenberg, deviene y atraviesa las barreras del sentido para mostrar lo indiferenciado y lo monstruoso escondido. Morfología monstruosa del mundo, pues, que ya no trae la buena nueva de un mundo, sino la constitución enajenada de sus fundamentos. La vida en el trastorno, en la fractura, en el desastre... ésa parece ser la única vida posible tras el derrumbe de la "era de la imagen del mundo". Semejanza sin modelo. Máscara sin devenir y devenir sin máscara. El puro salto al vacío de los signos en su baile todavía dionisíaco, pero en el que ya no cabe ninguna catarsis, ninguna salvación, ninguna consolación. Tan sólo la disposición inanimada, indiferente e inerte (la máscara) de todo aquello que con anterioridad nos parecía lleno de vida y sentido. Lo que nos lleva a uno de los hallazgos más preciosos del texto: "[la máscara] no oculta un rostro, sino que es la ocultación, y la única vía de mostración de lo oculto, en sí misma." 

Vivir para la máscara. Vivir en la máscara. La máscara como límite, como única posibilidad de ser. La máscara sin reverso, sin doble, sin trasfondo. La máscara es el en sí, y no lo que había detrás de ella; pero no la máscara cualquiera, sino aquella que se estructura sin necesidad de otras realidades fundantes, y que ya se encontraba, de manera enigmática y embrionaria, en aquella divisa de Descartes: "larvatus prodeo" ("avanzo enmascarado").   


martes, 26 de abril de 2016

The War Game - El apocalipsis televisado y el final de la tragedia



Artículo publicado en el nº XXIX de la revista Excodra (Marzo, 2016), dedicado a "la guerra".

Dentro del pasado ciclo de la Filmoteca de Catalunya, celebrado en noviembre de 2015, “Pensar el fin: cine apocalíptico y filosofía”, se proyectó el film de Peter Watkins, The war game (“El juego de la guerra”, 1965). Concebida como un “falso documental” para su emisión en la BBC, The war game narraba las vicisitudes de un hipotético ataque nuclear sobre Inglaterra, y debido a la crudeza de sus imágenes fue en un principio censurada y prohibida al público, a pesar de lo cual obtuvo un Premio de la Academia al Mejor Documental en 1966 y pudo relanzarse para su proyección. Cabe apuntar que la película se realiza en plena época de tensión nuclear, con la experiencia de la crisis de los misiles de Cuba todavía muy reciente, y la consecuente paranoia general en torno a la amenaza de un cataclismo en el seno de las principales potencias mundiales. Con una meritoria recreación de los daños, los heridos y damnificados entre la población civil de la ciudad histórica de Rochester, en el condado de Kent, la cinta de Watkins tenía la virtud de traer a primer plano los horrores inenarrables de la guerra, esos mismos horrores a los que hoy penosamente nos hemos acostumbrado; pero no nos hemos acostumbrado tanto al horror como tal, sino al horror en imágenes --no tanto la guerra como tal, sino la guerra como concierto de imágenes mediáticas: ése será el único patrón de veracidad en lo sucesivo, desde la aparición de los mass media y la tele-realidad, y en adelante en estas líneas. 

Pocos años después, el cineasta checo-alemán Harun Farocki iba a retomar los entresijos de la guerra para su película crítica sobre la industria del napalm y Vietnam, en Fuego inextinguible (1969), pero también en videoinstalaciones posteriores como Eye/Machine (2000-2002) y Serious Games (2010). Fuego inextinguible, aunque no fue reconocida con ningún Oscar de la academia, iba mucho más allá en la crítica del discurso televisivo y el lenguaje documental de su época. Un discurso y un lenguaje que todavía hoy se nos presenta en toda su problemática cotidiana, en la recepción de imágenes que informan el desastre cotidiano como una mercancía susceptible de ser consumida, digerida o fagocitada en su totalidad por los televidentes. Suerte de enajenación escópica que vertería los residuos de una realidad y de un desastre irrepresentables en los mecanismos de la tele-iconicidad y el culto de la imagen. 

En 1996, Jill Godmilow se atrevió con un extraño remake (“copiado” plano por plano) de la obra de Farocki, titulado What Farocki taught, y es interesante escuchar las reflexiones de la cineasta norteamericana hacia el final de la película: “We don't have a word for this kind of video(“No tenemos una palabra para este tipo de vídeo”). En esta observación se evidencia para mí una cuestión de importancia capital, aunque no siempre puesta de manifiesto en el ámbito del análisis mediático, y es que: es igualmente importante (o más) aquello que no se muestra en la imagen; que el quid del asunto se encuentra en otra parte; que no estamos tratando solamente con imágenes… Así, lo que la película de Farocki y el remake de Godmilow escondían es aquello mismo que The war game pretendía mostrar con todo su dramatismo: el delirio de la guerra, el dolor, el sufrimiento sin límites…


Ahora bien: ¿cómo casa esta vindicación de lo que no vemos de Farocki y Godmilow con nuestra moderna condición de espectadores bulímicos? ¿No es precisamente una suerte de pan-mostración, descarnada e indiscriminada, lo que en las últimas décadas parece haberse convertido en moneda corriente en nuestro mundo hiper-mediático? ¿No son precisamente las imágenes que muestran-y-dicen-todo, como la tristemente célebre fotografía del niño muerto real yaciendo en una playa, las que tienen el poder de movilizarnos y “concienciarnos” de los dramas del mundo? Es posible que sí, pero esto pasa por un elevado precio a pagar, que es el precio de la muerte de la representación (no en un sentido limitativo de “representación pictórica”, sino en el más amplio de Vorstellung).[1]

En su lugar, tenemos una suerte de presentación omnisciente, o totalidad omnicomprensiva, suerte de crisol aléphico en donde se mostraría la realidad del mundo en su totalidad de efectos inmediatos, pero no hay allí ninguna lógica de la presencia como tal; no hay allí ninguna dialéctica de la diferencia, del cuerpo o de la perspectiva geométrica. Todo es un experienciar adulterado por la autogénesis de lo virtual y la auto-referencia tautológica. Una inter-periencia que no se fecunda en ninguna relación o delación con lo representado, que ya ni siquiera subsiste gracias a una referencia con lo representado, sino en tanto a su propia mismidad indiferenciada (su "desemejanza interiorizada", en expresión de Deleuze).

Desemejanza, pues, que no se limita a tomar por referente un motivo trascendental (el mundo, la Historia, lo real...), sino a producir y verificar su propia inhibición autorrecursiva, en la metaficción pura de un discurso sistémico que sólo habla de sí mismo.

Pues lo que allí verdaderamente ocurre, en las imágenes de la realidad mediática total e inmediata, es la producción de una serie de miradas (miradas-producto) que se concitan al unísono en lo decible y lo visible, y que no darían crédito siquiera a lo escondido y lo irrepresentado (lo que no se dice en los medios informativos), pues todo allí es dicho y presentado.

La presentación de aquellas imágenes o mensajes irrepresentables, pues, como la del niño Aylan muerto en la playa, es la manera que el propio sistema panosférico-aléphico global tiene de descongestionarse, de producir una falla por la que todo el sistema de signos reconocibles accede a su verdadera desmesura, su verdadera irracionalidad y su anti-idea. Se destituye así la noción de un espacio crítico capaz de tomar conciencia de lo que hay allí todavía no representadono dicho (a saber: las verdaderas causas de la catástrofe), y ya nadie podrá buscar, cuando todos seamos satisfechos observadores de esa pan-realidad “totalosférica”, los elementos que faltan, ni las claves silenciosas, ni los mecanismos ocultos. Es precisamente nuestra conciencia soberana, la que se deriva de la concepción escéptica y realista del mundo (“el mundo es así o asá, pero es tal como yo lo veo”), la que nos descontextualiza de nuestra auténtica dimensión crítica, en la burda anulación del fenómeno en favor de la (supuesta) realidad

“No tenemos una palabra para este tipo de vídeo”, dice Godmilow de la obra de Farocki, en la secreta sospecha de que eso es precisamente lo que ocurre con la realidad: que no tenemos una palabra para ella (o la tenemos, pero siempre es una palabra hueca). Y asimismo, cuando sometemos lo fáctico y lo fenoménico a la espectralidad radical de la hiper-mirada; lo que es esencialmente incomprensible y monstruoso a la inteligibilidad de una simple mirada descriptora del mundo.


En la película de Watkins, en definitiva, se echaba a faltar cierta mirada crítica sobre el propio aparato filmante, sobre el propio lenguaje operativo y por extensión sobre la realidad así contada. Las investigaciones de Farocki en torno a las “imágenes operativas” y las phantom shots de los misiles-cámara en la Guerra del Golfo, o sus acercamientos al sistema lúdico ideado para el entrenamiento de las tropas norteamericanas en Serious games –en el que la conducción de un tanque o de un vehículo armado puede ser concebida como la acción de un (video)juego--, sin olvidar las alusiones en torno al símbolo en Fuego inextinguible (“Un cigarrillo arde a 200 grados, el napalm arde a 1.700 grados”), o al propio sistema lúdico en piezas como Palabras y juegos (1998) y Juego profundo (2007), acometen el cuestionamiento del lenguaje tele-mediático por el camino inverso al de las representaciones realistas: en ellos no se intenta una recreación teatral, ni una puesta en escena de nada, sino que es esa misma supuesta representación del lenguaje telemático la que es suplantada por una suerte de denegación de lo representable mismo.

La tragedia, el drama infernal de la guerra de Siria y los mal llamados refugiados son percibidos, ahora sí, y de una vez por todas, como la presentación ilusoria de algo que ya no ocurre tras las barreras de lo simbólico y lo imaginable, sino que es ella misma, tras la desintegración irreductible de esas fuerzas que componían la jerarquía de la escena y lo real, la que se ha trasplantado al espacio privado del espectador: el sujeto es en sí mismo su propio creador de espectáculo, y como tal un eficiente productor de anti-producción. Es ella misma (la guerra) un ente baladí y post-real, una realidad sin real, pura hegemonía de lo virtual en la que el mero acontecimiento ya no es susceptible de ser aprehendido fuera de lo lúdico --como en el caso de los militares de Serious games, concentrados en sus pantallas de realidad virtual, que sólo muy lejanamente y de forma accidental, ciertamente de forma post-real, pueden identificarse con el origen de la tragedia material.


La tragedia es así trascendida y superada, en tanto que ya no hay un real mismo al que ahora representar. Muerta la representación, muerto lo real, muerta la tragedia. Y eso, a su vez, constituye la mayor y más desastrosa de las tragedias: no tanto la desaparición de los signos, pero sí la modificación de nuestra manera de relacionarnos con los signos. El desastre, presentado en ausencia de su dialéctica, presentado en el relato unívoco de un story-telling de magnitudes globales, no puede sino desprenderse de su propia carga, del peso que todavía lo sujetaba a su referente ontológico, a su suelo trágico, para acceder a una orbitalidad de gestos vacíos y poses. Gestos sin representación, poses sin cuerpo ni sustancia. Pura cadencia de una nueva música del final de los tiempos, para la que no parecen haber suficientes apocalipsis.      



[1] Según la traducción mas aceptada, el Vorstellung, tal como lo entiende Hegel en la Fenomenología del espíritu, se correspondería con “pensamiento mediante imágenes”; pero también como Das vorstellende Denken (“el pensar representador”, o “pensamiento como representación”).