Artículo publicado en el nº XXIV de la revista digital Excodra, dedicado a la Filosofía; mayo, 2015.
Leyendo
estos días Espectros de Marx, en su
cuidada quinta edición publicada por la editorial Trotta, un texto que reúne la
doble conferencia que Derrida impartió en 1993 ante la Universidad de
California, Riverside, y que resulta tan oportuno en nuestros días como puede
serlo toda crítica sobre la realidad fundante. Partiendo de las múltiples
interpretaciones de Marx, el discurso derridiano remite no sólo a los derroteros
del marxismo, a sus derivaciones y relaciones con el original, sino también,
por poner un ejemplo de manifiesta actualidad, a los derroteros del
fundamentalismo.
“Hay
múltiples interpretaciones del Corán, pero hay un solo Corán”, decía hace poco
un imán parisino, en un reportaje de la tele. Una afirmación que sin
duda gozará de una amplia aceptación, por parecer la más adecuada a la
corrección, pero que resulta el reverso exacto de aquello que, bajo la
perspectiva de la deconstrucción, puede decirse que constituye uno de los
lugares habituales de la hermenéutica: pues hay múltiples interpretaciones del
Evangelio, será más bien, entonces, que no puede haber ningún único Evangelio.
(Y la
razón que se desprende de aquí es cómo, por qué no podemos hablar tampoco de
ningún Sistema único.)
Desafiando
toda noción de hermenéutica, más aún cuando, como en el caso de los protestantes,
se trataría allí de una supuesta fidelidad al texto original, las versiones
fundamentalistas del Corán son en realidad la prueba ontológica de la ausencia
de fundamento. Y, como veremos aquí, no
hay mayor “herejía” en las caricaturas de Charlie Hebdo que en la pretensión de
una vuelta al Origen fundante.
Derrida
se hace eco de esa condición trágica, propia del ser humano, que consiste en la
futilidad de un regreso a la realidad fundante, y que es la escisión original entre el hombre y el
mundo: en el principio está la diferenciación, el acontecer de lo múltiple, la
partición, la proliferación y la pluralidad continuas que se derivan de una dislocación original.

“The time is out of joint” (“El tiempo
está fuera de quicio”), nos dice Derrida a través de Hamlet. Y es esa misma
dislocación, o falta de concordancia, la que en tiempos remotos ya había sido
señalada por Anaximandro en el primer texto filosófico conocido.[1]
En Anaximandro, la escisión del Origen es causa de una “injusticia” (adikia) que los seres habrían contraído
en el momento de nacer, en su advenir del origen ilimitado (ápeiron) a la existencia finita, “usurpando”
así una existencia a la no-existencia. (En los cantos de Hesíodo, la partición
del Cielo y la Tierra denotaba también esa escisión fundamental entre lo finito
y lo infinito, que se repite en el mito del Paraíso bíblico y en muchas otras
cosmogonías). Éste fue, asimismo, el “pecado original” del ser: cobrar
conciencia, hacer pensamiento su libre albedrío y su finitud.
Tenemos,
pues, que hay una situación de trastorno
sobre la que se define la existencia (una “injusticia conforme al orden del tiempo”;
“The time is out of joint”); es el Un-grund, el “falso fundamento” en el
que tiene lugar el “salir y sostenerse” (Heidegger) del ente. Un hecho a tener
en cuenta ante los principios
totalizadores del Sistema. (Y, aunque Hegel re-integrara de algún modo la
existencia en el Espíritu, deshaciendo en apariencia la maldición dialéctica,
dicha reintegración de los contrarios no dejaba de ser un acontecimiento
posterior al peregrinaje dialéctico, al penar errático de la razón universal
por el mundo de los entes, etc.) La noción del Sistema, que no es otra cosa que
la aplicación de la economía liberal a escala global, viene a proponernos
precisamente un falso panorama de “re-unificación”. El Sistema plantea una
“naturaleza original” del mundo —felizmente, la del capitalismo— porque es
planteada como verdad inmanente, como Origen (y finalidad) incontrovertible,
toda vez que al precio de suprimir la tensión y la diferencia: ninguna barrera
puede oponer resistencia al Sistema, su amplitud ha de ser total y perfecta --y,
desde la caída de la URSS y la mundialización de internet a principios del
nuevo siglo (en 2004 la World Wide Web llegó a todos los países del planeta),
parece que lo ha logrado como nunca antes en el pasado--. Pero, aún habremos de
insistir, lo que se plantea allí es una falsa sensación de unidad (“Pensamiento
Único”; “Sistema Global”…), un quimérico ingreso a un estado pre-edípico, donde
no habría trastorno ni desgarro con el Otro, sino la pura jouissance del ser-yo-mismo en su desarrollo narcisista. Mismo caso
de las políticas localistas y nacionalistas: el falso discurso de la identidad
unitaria, la hegemonía del signo frente a los múltiples significados, de lo
textual frente a lo intertextual, etc. En otras palabras: un mundo de Identidad
pura, sin relación ni delación con la Diferencia, es decir la negación misma
del mundo —que consiste en Identidad-y-Diferencia.
Sólo
una noción desvirtuada de la ética, aquella que se sustenta en una idea absoluta y jerarquizadora a la que las demás
categorías habrían de someterse (como el mandato de progreso o el estado de bienestar en los países democráticos, que han de
funcionar a costa de todo lo demás),
sólo esta noción inicua, digo, asumiría los hechos más graves como un
acontecimiento inextricable, como un “designio divino”, contra el que nada
puede hacerse. La resignación al fatum
(la tiranía del Original) es el principal motor de los fanáticos y asesinos,
pero también de los políticos llamados liberales, los popes del capitalismo y
el laissez faire, según los cuales
todo mal ajeno sería inapelable, consecuencia de unas leyes “naturales”
inconmovibles, etc.
Así
que, retomando a Anaximandro, es la conciencia de trastorno, de dislocación (“The time is out of joint”), de inadecuación
a la idea de totalidad fundante, la
que legitima al pensamiento crítico frente a las locuras del fundamentalismo —que no
se diferencian mucho, en esto, de las locuras del triunfalismo liberal—. No se
trata, pues, de vanagloriarnos de nuestros logros en detrimento de los crímenes
de los “bárbaros”, sino de asumir, precisamente, que es la propia capacidad
para auto-revocarse, la imposibilidad de volver al origen, lo que legitima cualquier
existencia particular, reducida así a su humildad, a su finitud, a su quiebra
fundamental. Es lo que convierte a la filosofía en un instrumento útil y
necesario, un instrumento de auto-desprendimiento de las propias verdades.
Dada
la imposibilidad de regresar al
origen, de volver sobre el Original, de restablecer
el orden del tiempo que se
había roto… así pues, sólo se lo podrá
reinventar.
Las reinvenciones de Marx se parecen en esto a las reinvenciones del
Corán, y estas dos a la deconstrucción derridiana: son el error necesario, la finitud, la doxa que profana la Verdad fundante original (Lenin y Stalin serían
“profanadores” deconstructivos-progresivos; el salafismo y el qutbismo serían “profanadores” deconstructivos-regresivos, etc), toda vez que Marx y Mahoma (si se prefiere, El Capital y El Corán) como tales no existen —no
pueden existir por sí mismos, sino en relación con sus
intérpretes-profanadores. (Por otra parte, es conocida la polisemia y la
multitextualidad en toda la obra de Marx; y el Corán fue fruto de un largo
proceso de disinencias y variaciones de recopilados fragmentarios, mayormente
orales —la “ciencia del abrogante y el abrogado”—, hasta la elaboración del
corpus único que hoy se maneja, promulgado por el califa Utmán para poner fin a
las divergencias iniciales.) En este sentido, la primera condición de
existencia, tanto en el Corán como en la Biblia o en la obra de Marx, es la
denegación de toda existencia original.
“Abandone usted su idea del libro original”, le podríamos decir al fiel
monoteísta, igual que al lector semántico, sin gravar con ello ningún estatuto
de lo real.
El fanático antepondrá siempre un
Orden trascendental (un supra-orden) a los pequeños órdenes; un Gran Relato
anterior a los múltiples relatos; un Original previo a las
interpretaciones, etc. Y lo mismo ocurre con las ideas colosales de
“Naturaleza”, “Unidad”, “Dios”, “Sistema”, “Orden Mundial”… Es por ello que Derrida empieza su
conferencia con un ataque a la integridad, al acomodamiento superfluo en la
identidad y en el reconocimiento propio, en un pasaje que aún escandaliza por
su flagrante actualidad.[2]
Pues el Sistema une y sintetiza lo disperso, pero al precio de dejar desubicado
lo que es disyuntivo (el Otro). El Otro es entonces visto como una amenaza a la
integridad homogénea del Sistema, y se lo deja morir a las puertas, en las
playas de la especulación inmobiliaria, se lo deja pudriéndose en su distancia
ilusoria.
El
Sistema, el Capital, el Orden Mundial, o como se quiera llamar (Derrida lo llama, justamente,
“desorden mundial”), no puede
constituir en ningún caso una realidad fundante (una natura naturata, en la jerga de Spinoza). A lo sumo, como única realidad fundante,
habríamos de admitir la ética (natura
naturae). Del mismo modo que la ciencia sin filosofía resulta presuntuosa y
arrogante, el capitalismo por sí solo, sin el “cuidado” de lo ético, es una
monstruosidad abyecta. Y en estos días en que los bancos europeos parecen más
interesados en proteger a toda costa el Gran
Orden económico que en recibir a seres humanos muriéndose en las costas, o
que en atender las esperanzas de vida de millones de griegos, etc, resulta oportuna la donación
derridiana: el donar lo que no se tiene, el donar del “suplemento”, el donar
“sin deuda y sin culpa” (aquí Derrida y Heidegger se apartan de la lectura
escatológica de Anaximandro). Lo ininteligible, lo intraducible que hay en la
escisión es el momento de exceso que nos libera de la mercantilidad y la
utilidad, volviendo a ser, o mejor dicho, re-siendo en la heterogeneidad y la
diferencia. En efecto, es posible (y preciso) donar lo que no se tiene —y en
esto consiste la tarea del artista, que es por sí y por nada, para todos y para
ninguno; el desarrollarse infinitamente desinteresado del arte, etc—. Es aquel
donar, pues, sin dirección y sin objeto, sin admonición y sin tendencia al
ser-uno del Sistema, el que nos legitima para una operación que no sea ya la
del juicio admonitorio (tan sangrante) de Occidente. (Por eso Derrida suprime
la “venganza” de la ecuación culpa-expiación.)
Es ese donar sin esperar nada, sin reajusticiar, sin devolver ni reunificar
nada, el “suplemento”, lo que facilita la única operación verdadera del ser: dejar al otro el ser del otro; donar al otro lo que le es suyo propio (sic).

Hamlet
—al igual que la Troika Financiera y los fanáticos del Estado Islámico— se
mortificaba pensando que había nacido destinado a “enderezar el tiempo”.[3]
Pero he aquí que la moraleja, la enseñanza no entresacable, no sometida a la
utilidad y la jurisprudencia, acaso ilegible
en la sentencia de Anaximandro, era justo lo contrario: dejar al tiempo como
está, dislocado, sin balanzas de ajusticiamiento universal, sin ajustes de
cuentas ni venganzas equilibradoras del orden moral; en la estructura
contrahecha de la Identidad y la
Diferencia. Aquí es donde efectivamente podría hablarse de una “expiación de la
culpa”, de una con-donación de la deuda…
tras el pago resultante de una donación que sabemos que jamás vamos a recuperar, que excede lo
que hay, que no tiene intereses, ni utilidad, ni beneficio… puesto que
tiene un pie en aquello que no se puede medir ni valorar lo suficiente.
“El
tiempo está fuera de quicio; ¡Oh, suerte maldita, que ha querido que yo nazca
para recomponerlo!”