jueves 17 de marzo de 2011

Un millón de monos y una máquina de escribir - Apuntes sobre semiótica, Zadie Smith y el texto como partitura musical



Charles William Morris señalaba en Foundations of a Theory of Signs (1938) la preeminencia del Intérprete sobre la interpretación del texto, la importancia que desempeña el papel del Lector a la hora de desentrañar y construir un discurso dado. Ya en edades clásicas, apuntaba Morris, ésta era una cuestión que preocupaba a pensadores y filósofos, desde la retórica griega y latina, la pragmática sofística, la semiótica agustiniana, la estética kantiana, y un largo etcétera. En el siglo pasado, los avances en el terreno de la semiótica y la teoría literaria fueron de una importancia masiva para llegar al entendimiento –no siempre bien entendido— de esa cosa inasible y codificada con la que nos encontramos al abrir un libro, al hojear el periódico de la mañana o, simplemente, al entablar una conversación en un bar. Todos hemos tenido que enfrentarnos a la experiencia de ser incomprendidos, o mejor dicho, de ser malinterpretados, ¿no es cierto? Todos nos hemos sorprendido y preguntado, siquiera sin ser conscientes de ello, sobre los misteriosos mecanismos que articulan el entendimiento del otro, ese otro ser pensante, que no nos entiende, o al que nosotros no entendemos; nos preguntamos entonces qué ha podido fallar, y, si apurásemos un poco más, deberíamos preguntarnos por el motivo que hace a dos personas con códigos lingüísticos idénticos entenderse como lo harían un aborigen bosquimano y un corredor de bolsa.


Desde que el hombre es hombre y se sirve de escritura, se ha visto sometido a la doble hélice del problema interpretativo del texto semántico; para ello, no bastaría con crear un discurso de cualidades de injerencia absolutas o restrictivas, que lo hagan exacto y verificable como una ecuación matemática, sino que también debería tener en cuenta todo un “sistema de expectativas psicológicas, culturales e históricas” que con razón se le atribuyen al potencial receptor, el lector. Entre los numerosos problemas que se dan de este tira y afloja entre Emisor y Receptor, uno de los más comunes surge cuando dos sujetos atribuyen distintos significados al mismo símbolo (cosa, palabra, etc), dando lugar a lo que Umberto Eco llama descodificación aberrante. La descodificación aberrante es una de las “patologías” del entendimiento más habituales, y la encontramos por doquier, por ejemplo en lo que el semiólogo italiano designa como interpretación sospechosa, en la interpretación hermética de la historia, en el pensamiento místico, etc, aunque lo cierto es que no hace falta ser un gran místico para incurrir en este tipo de aberraciones. A menudo, la actividad interpretativa está marcada por un código previo, al que Eco se refiere como “obsesivo”, pero que también podríamos atribuir a una suerte de esquizós o psicopatía del razonamiento.

El pensamiento hermético o “sospechoso” extravía la interpretación textual en un sinfín de falacias argumentales, y otro tanto ocurre con la interpretación infinita, que sería una forma moderada de psicopatía si la comparamos con la interpretación unívoca, característica esta última del fanático y el fundamentalista. El lector de este tipo extraerá siempre de uno o varios textos una única interpretación, por lo demás afín a sus propios intereses, en ocasiones para justificar una tesis personal, y casi siempre haciendo a un lado los motivos del emisor textual (“caso de quien leyera Edipo rey como una novela policiaca donde lo único que interesa es encontrar al culpable”, nos dice Eco). Todos estos “intérpretes”, herméticos, aberrantes, fanáticos, se distinguen por ignorar sistemáticamente cualquier tipo de lógica modal en sus argumentos, si entendemos por lógica modal el procedimiento básico por el que se optimiza nuestro razonamiento.

No en vano, los pensadores de la escuela positivista y parte del convencionalismo lógico abogaban por erradicar la terminología metafísica de las ciencias teóricas, buscando reducir al mínimo las interpretaciones textuales. A lo largo del siglo XX asistimos asimismo a una gran diversidad de nuevas teorías de la lectura, dos de ellas encuentro que particularmente relevantes. La corriente generativa priorizaba la importancia del Autor en cuanto que generador de un tipo de texto único, verificable y escribible, enfoque que abanderaron, con numerosos matices, los estructuralistas franceses. En el polo opuesto, la corriente interpretativa priorizaba la importancia del Lector como generador a su vez de un tipo de texto plural, interpretable y legible, y que se hizo muy popular a raíz de Roland Barthes y su libro Communications (1964). A medio camino entre éstos, pensadores como Roman Ingarden o Catherine Kerbrat apostarían por una tesis más conciliadora, al concebir la obra textual como un “esqueleto o esquema que debe ser completado por la interpretación del destinatario”.

En el artículo titulado “Rereading Barthes and Nabokov” (Changing my mind: Occasional essays; 2009), la novelista, editora y ensayista británica Zadie Smith  reflexiona sobre la supuesta aversión entre enfoque generativo y enfoque interpretativo, citando el ejemplo de sus estudiantes de literatura, para identificarlos en dos tipos de lector (o re-lector, en palabras de la autora): los unos, afines al enfoque interpretativo, son lectores activos, a los que “emociona añadir a la indeterminación repentina del texto su propia indeterminación”. Los otros, afines al enfoque generativo, son lectores pasivos, reciben la indeterminación como “una agresión malévola contra los privilegios de la autoría, contra la posibilidad de un significado fijo, incluso contra la propia Verdad”.

Pese al sesgo maniqueo y la tendencia a buscar polaridades que desde siempre parece gobernar las cuestiones relacionadas con el hombre, es posible a grandes rasgos la inclusión de un enorme espectro de escritores en estas dos categorías, la una encabezada por Nabokov ("cuesta imaginar a un lector todopoderoso más capaz que Nabokov de 'desenredar' sus propios piolines", comenta Smith), la otra, por el mencionado Barthes. Pero es razonable pensar que la articulación de estos dos enfoques habría de garantizarnos un mejoramiento de las aptitudes del intérprete. De este modo, es posible concebir el texto como una partitura musical: los buenos músicos, los buenos intérpretes saben que no deben tocar exactamente lo que hay, sino variarlo, enriquecerlo, introducir en la medida de lo posible su propia visión musical; pero saben, también, que la melodía original es algo que hasta cierto punto tienen que respetar (un mal lector, a fin de cuentas, es un intérprete que hace irreconocible una partitura musical).

Los escritores, en sus variadas formas, no constituyen un fenómeno homogéneo ni constante en lo tocante a su capacidad para comunicar y transmitir ideas, emociones, etc; del mismo modo, la capacidad de interpretación de los lectores es tan variada y desigual como puede serlo la primera. Esto abre un abanico a las interpretaciones tan vasto y múltiple como todos los lectores potenciales del mundo, razón que daría alas a las tesis sobre la pluralidad del texto, pero, de nuevo comulgando con Eco: “Hay que empezar todo discurso sobre la libertad de la interpretación con una defensa del sentido literal." No es cierto, como presuponía Barthes, que solamente el Lector sea responsable de esta correspondencia; ni tampoco es cierto, como presuponía Nabokov, que sea el Autor el único responsable. Es aquí donde entra en juego la prueba de “humildad” que representa sumergirse en un texto, pero también crearlo; es aquí donde se pone en marcha ese diálogo de concesiones y negaciones silenciosas, ese mecanismo sutil, auténtica obra de orfebrería en el ámbito de las ideas abstractas, que es la Interpretación con mayúsculas. La intentio lectoris (intención del lector), así como la intentio operis (intención de la obra), son llamadas para la creación conjunta de ese Texto Ideal, hipertexto, comunicable a la vez que interpretable, legible a la vez que verificable. En otras palabras: el texto comprensible, el texto que ha encontrado su recompensa, al ser recibido de la precisa manera para la que fue concebido. Lector y Autor, Emisor y Receptor, no son posibles el uno sin el otro, y cuando ambos componentes de esta simbiosis alcanzan su grado óptimo –ambos reescribiendo, ambos reinventando--, entonces, y sólo entonces, asistimos al aflorar del verdadero Texto.