miércoles, 9 de julio de 2008

El loco de Chesire






"Pero ¡ponte la camisa de fuerza de la lógica!"

Lewis Carroll; "Lo que la Tortuga dijo a

Aquiles"; en El juego de la lógica.

Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), mundialmente conocido por el seudónimo que aparece en el no menos conocido Alice in Wonderland, era el paradigma del inglés culto y refinado, con toda la solemnidad que otorga el saberse afianzado en el trono de uno de los imperios más imponentes y vastos de la historia. Niño precoz, tartamudo y religioso, Carroll dio clases como profesor de matemáticas durante cuarenta años en Oxford. Tradujo a Tertuliano e hizo carrera dentro de la Iglesia anglicana, llegando a ostentar el título de archidiácono. Más tarde, por causas no del todo claras, Carroll renunciaría al cargo de sacerdote. Semejante dechado de virtudes podría hacernos pensar que se trataba de un hombre común y cabal, pero lo cierto es que escondía un lado aún más fantasioso, si cabe, que los universos matemáticos. Alice in Wonderland, libro de cabecera de cualquier escuela de infantes, alberga una reflexión sobre la lógica que termina por convertirse en no-lógica. Casi sin proponérselo, la obra de Carroll terminaría por convertirse en una nada desdeñable crítica a la razón. Y cierto es que el tiempo acabaría dándole la razón, pues no transcurrirían muchos años para que el mundo se sumiese en una de las épocas más siniestramente delirantes de la historia. 

La lógica de Carroll se nos plantea en forma de cuento, en forma de juego, un juego aparentemente inocente, pero que se desvela corrosivo al tomar conciencia de que nuestra realidad es incapaz de funcionar coherentemente. La verdad, planteada por Carroll y posteriormente desarrollada por lógicos matemáticos de toda especie, es que la lógica representa un gran enredo sin solución, y tal vez cuando un lógico matemático llega a esta conclusión, la reacción más lógica sea la locura.



Debajo de esa imagen de solidez y sobria pulcritud victoriana, debían de latir sin duda las pulsiones propias del espíritu humano, que no son otras que el deseo, el caos, el desacuerdo y el continuo conflicto con las fuerzas en desorden que rigen el mundo. En la figura de ese hombre gris y paradigmático, el prototipo de una forma de ver el mundo consensuada por el racionalismo anglosajón, que todo lo mide en sus balanzas y que todo lo mesura con sus medidas, pesos y distancias; cuyos esquemas conciben y organizan la totalidad del cosmos, dentro de la cual se diría que nada escapa al férreo control de las leyes causales; en ese ámbito casi divino de perfección geométrica, debía de abrirse paso sin embargo la sensibilidad de un hombre atormentado por las continuas basculaciones de la psique indómita, por las pasiones desaforadas de la sangre y las motivaciones, siempre irracionales, del alma humana. Sí, el apacible y correcto ciudadano de la metrópolis romana, de la urbe colonial, de las ciudades de todos los tiempos, escondía en el cajón de su dormitorio un certificado médico con prescripción de enajenación mental.


Pocas cosas cabe destacar de la vida personal de este modesto profesor, aparte de su presunta adicción al láudano, sus pinitos como mago, su renuncia al sacerdocio y su afición por la fotografía de niñas, de la cual se conserva hoy un nutrido museo. Tal vez, decía Borges, esa niña que vemos correr desorientada y siempre al borde de la enajenación en Alice in Wonderland no sea otra cosa que una alegoría de la cultura victoriana, una cultura por ende demasiado rígida y encorsetada en sus propias convicciones, por añadidura, la cultura occidental. Tal vez ese libro “para niños” y las otras obras menos conocidas del autor (El juego de la lógica; La caza del carabón; el compendio de relatos, cartas y poemas intitulado Mathesis demente; o su exquisita versión de "Aquiles y la Tortuga") traten de mostrarnos una evidencia que, más allá de la intencionalidad que pudiera tener o no tener Carroll al escribir su obra, podría ser el centro nodal de una cuestión tan importante como imperceptible a la mente despierta: la prueba de que lo ilógico, lo irracional, es tan necesario y afín a nosotros como la propia naturaleza ordenadora, y cómo esta última termina desvelándose sesgada e imperfecta en sus más elementales convicciones. Tal vez por eso tituló la segunda parte de su obra más famosa con una frase que recuerda a aquella de san Mateo en su Carta a los corintios, manida por los filósofos escépticos y nominalistas para referirse a las limitaciones del conocimiento: “A través de espejo; en total oscuridad.”


3 comentarios:

Giusepppe dijo...
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Giusepppe Herrrera dijo...

¡Qué pobre memoria es aquélla que sólo funciona hacia atrás!


Grande Lewis Carroll

Eva dijo...

Me encanta el artículo. Carroll n merece menos.

http://elmagicoespejodenuncajamas.blogspot.com/