martes, 3 de marzo de 2009

Thanks, Dave


Con ocasión del reciente fallecimiento del pianista de jazz Dave McKenna (1930-2008), hemos rescatado este artículo, a modo conmemorativo, que en su día fue publicado en las páginas de la revista Lateral.

Dave McKenna siempre ha puesto el listón muy alto, quizá demasiado para los simples mortales. Por ejemplo, “entrega” sus solos perfectos de manera perfecta: abriendo el tema, desplegándolo en un abanico de posibilidades para que el solista que le sigue escoja al vuelo la adecuada. Menudo reto. Si los surrealistas buscaban con denuedo el azar objetivo, el piano de McKenna es el azar objetivo. Por eso, aparte de pianista extraordinario, siempre ha sido una especie de leyenda entre los músicos: “Si yo tuviese la mitad de su talento, nunca me habría preocupado de nada” (Bobby Hackett); “Es quizá el único pianista que yo escucharía todas las noches” (Zoot Sims); “Muchos pianistas sólo saben tocar clichés, pero a McKenna jamás se le agotan las ideas. Él nunca toca clichés, puedo asegurarlo” (Gene Krupa). Y un columnista de jazz nos advierte de que su música es “sumamente peligrosa, te provoca un ataque agudo de felicidad”.

Desde su debut con la orquesta de Rudy Ventura en 1949, con sólo 19 años, este tipo sencillo y discreto que se autodefine modestamente como “un pianista de salón que adora las melodías” ha trazado una trayectoria singular y personalísima. Durante décadas acompañó a músicos de primera línea, y desde finales de los años 70 optó por las grabaciones en solitario, convirtiéndose en un incomparable resucitador de estandards. Influenciado por Teddy Wilson y Nat King Cole, su estilo destaca por una esplendidez de ejecución que no ahoga ni distrae de lo principal, una infinita capacidad de improvisación y ese caudal inagotable de ideas frescas a que aludía Krupa. Es capaz de saltar de un fraseo bebop a un acompañamiento stride, pero nunca traicionará el tema con florituras o arrebatos gratuitos. Escuchándolo, uno hasta podría dar por válida la afirmación de Hegel de que la música es la manifestación más alta del espíritu, aunque no creo que el adusto prusiano se alegrara mucho de escucharlo, ya que en su filosofía hay muy poco lugar para la pequeña gran dicha de estar vivo y saber estarlo. Y eso precisamente parece transmitirnos McKenna, no en un sentido ramplón sino todo lo contrario, gracias a que su lirismo esencial jamás empalaga ni incurre en sensiblería. Antes bien, aunado a su prodigioso sentido del swing y a su endiablado dominio de la mano izquierda, dota de un carácter básicamente positivo a sus ejecuciones, muchas de ellas genuinos “relatos” que describen un chispeante duelo entre sentimientos e ideas. Incluso capaz de mostrar facetas del blues ajenas a toda tristeza o fatalismo, su pulsión es poética y por tanto da vuelo a todo lo que toca, lo mismo que Monk pero por un camino diametralmente opuesto. Bien es cierto que “lo positivo” nunca ha tenido buena fama entre la intelligentsia, ya que por lo general no es más que un embuste maquillado, pero por eso mismo hemos de celebrar las cosas verdaderamente positivas como el piano de McKenna. Thanks, Dave.

jueves, 29 de enero de 2009

Uno de centauros


"Un padre y una madre centauros observan a su hijo que retoza en una playa del Mediterráneo. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta:

--¿Debemos decirle que no es más que un mito?"

Kostas Axelos; Cuentos filosóficos.

jueves, 15 de enero de 2009

Algunas reseñas literarias


Michael Chabon
Jóvenes hombres lobo
Mondadori, 2005
240 págs.

Antes del salto mediático obtenido con su segunda novela, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori, 2002), ganadora del premio Pulitzer 2001, Michael Chabon ya había explorado con éxito la narración corta en sus publicaciones para The New Yorker, recopiladas más tarde en Un mundo modelo (Anagrama, 1995), y en el tomo que aquí presentamos.

En este volumen, así como en el resto de sus obras, Chabon nos muestra un retrato ácido, aunque hilarante, de la clase media americana nacida de la inmigración y el progreso socioeconómico de los ochenta. Puede palparse la atracción del autor por los mundos encontrados, por la tensión generada entre los contrarios: la infancia y la madurez, el sueño y la realidad, la locura y la cordura cuyos límites terminan por invertirse y desvelarse inextricables. Los personajes de Jóvenes hombres lobo viven en el permanente conflicto entre la solidez aparente de sus conductas racionales y los deseos y pulsiones más íntimos e inconfesables. Tal es el caso del señor Green, padre divorciado y autor de un manual de conducta paterna cuyos preceptos incumple sistemáticamente. O el de la joven pareja venida a menos de “Cacería de casas”, que inesperadamente sucumbe a sus instintos más bajos en el transcurso de una visita aparentemente anodina... Como éstas, otras muchas situaciones cómicas, y en su justa medida grotescas, nos mueven a reflexionar si la sinrazón propia de nuestros deseos no es en verdad más útil y efectiva que los acartonados dogmas del convencionalismo y el sentido común.

Chabon se lo juega todo a una carta, la de una impecable y fluida narración que en ningún momento echa en falta las descripciones recargadas o la intención puramente estética. En este sentido Chabon es un escritor plenamente moderno, reluctante hijo del rhythm y la ironía mordaz que en su momento cultivaron John Updike o Bruce Jay Friedman. La mirada desencantada a la vez que iniciática del mundo, propia de la literatura norteamericana, aún se destila en los personajes de Jóvenes hombres lobo, en su mayoría atrapados en la difícil y precoz ambigüedad existencial previa a la madurez y enfrentados de este modo a las imperfecciones de su condición humana. No en vano Chabon hace de ellos un dechado de contradicción y efímero equilibrio, transitando a menudo y con esfuerzo por lo que Joseph Conrad llamó “la línea de sombra”: ese momento en que los ideales y sueños de juventud se convierten en acuciante realidad, en la sórdida lucha con nuestros semejantes y en el anhelante tedio de una vida condenada a la insatisfacción.

Esta reseña fue originariamente publicada en la revista Lateral.



Frédérique Vargas
Que se levanten los muertosSiruela, 2005
260 págs.

Desde su debut en 1986 con Les jeux de l'amour et de la mort, ganadora del Premio de Novela Policiaca del Festival de Cognac, la escritora francesa Frédérique Vargas no ha dejado de abrumar a sus lectores con una incansable producción literaria que ya suma quince títulos publicados, lo que nos daría un promedio de 15,2 meses dedicados a cada libro, lo cual, si bien ha hecho de Vargas una personalidad en el ámbito de la actual novela policiaca, no ha logrado darle todavía la cualidad de best-seller mundial por la que sus obras suspiran calladamente.

Que se levanten los muertos (Premio MystËre de crítica 1995) arranca con un hecho insólito: al levantarse una mañana, uno de los personajes encuentra que alguien ha plantado un árbol en su jardín. Más tarde hallarán a este personaje muerto en extrañas circunstancias, en cuya investigación se verá implicado el carismático trío protagonista de la novela, especie de refrito estandard de la ya clásica formación triangular compuesta por personalidades en contraste (los tres Mosqueteros, Hnos. Marx, etc), en este caso tres estudiantes de Historia en paro, articulados a su vez por un viejo detective que actúa como aglutinador de este grupo dispar, fiel continuador del pícaro policía a medio camino entre Monsieur Dupin y su contrapartida, el ladrón Arsenio Lupin.

El estilo de Vargas, sin carecer de gracia y estilo, no aspira a remover ni un poco el lenguaje ni a servirse de éste de manera personal. El enfoque es el de un híbrido entre el retrato naturalista, típico de la novela policiaca francesa, y la deducción geométrica propia de los autores ingleses, aunque Vargas se centra en los aspectos humanos de sus personajes, no tanto en las interioridades de la psique, lo cual deja poco lugar para lo discursivo o lo imaginario. Tal cosa nos lleva al problema sustancial de esta novela, y es que, si bien el género policiaco fue un género infravalorado en sus inicios, y en tanto sus autores de más calidad y renombre corrigieron con el tiempo este equívoco, hoy en día es infrecuente una obra policiaca que no plantee o cuestione en alguna medida la condición humana. Por ello es aún más grave la carencia de interrogantes o cuestiones de orden trascendente en el libro, o, como mínimo, que apuntasen a un terreno allende la mera estructura formal del mismo. A pesar de esto y de sus soluciones y giros en ocasiones inverosímiles, Vargas logra ser una escritora amena, apta para lectores poco exigentes, pues su novela crea uno de esos espacios de literatura calma y sin sobresaltos que no buscan el experimento narrativo y en los que el lector puede transportarse por unas horas al reconfortante mundo de la intriga.

Esta reseña fue originariamente publicada en la revista Lateral.



Bernhard SchlinkEl fin de Selb
Anagrama, 2005
245 págs.

En la actualidad el género policiaco atraviesa un proceso de retroalimentación que hunde su faz en los sistemas que dieron fama a dicho género, sistemas cuya efectividad ha sido ampliamente tratada y desarrollada. A pesar de todo, el policiaco sigue siendo un campo ideal para todos aquellos empeñados en retratar la cara más sombría y conflictiva del ser humano.


El fin de Selb es la última entrega de una serie compuesta de tres novelas protagonizadas por el mismo personaje y que tanto éxito han cosechado en Alemania, su país de origen. En este volumen encontramos una narración tan correcta y sobria como puede serlo el rostro jurídico del autor de El lector (Anagrama, 2003). La trama cumple un itinerario clásico, sólo interrumpido por cierto ánimo de contemplación medido con cuentagotas, paseándonos por las laderas verdigrises de la Alemania alpina. La historia fluye ante nosotros sabiamente, sucediéndose los hechos de manera natural y contenida incluso cuando se nos relata un accidente automovilístico. Y de hechos trata la obra de Schlink, o como mínimo la de Selb. La pura investigación detectivesca que se despliega en torno a un enrevesado crucigrama en el que no faltan los elementos del thriller, MacGoofin’ y mafia rusa incluidos, para a continuación meternos de cabeza en la indagación de archivo, en las cuentas y operaciones secretas de inapelables bancas enquistadas en la bruma de un pasado turbio. Todo ello de la mano de un detective de la tercera edad que se las compone entre sus problemas coronarios, una relación imposible y los remordimientos de una vida desfigurada por el nazismo, haciendo gala, a modo de bálsamo, de un cínico estoicismo.

En ésta como en otras novelas de Schlink, el trauma de la depresión posbélica se imprime en sus páginas como una oscura hendidura que a la menor ocasión rezuma de agonía mal suturada. El pasado es para sus personajes un espectro del que no logran escapar, que cada poco regresa de lo profundo para estallar ante ellos de forma abrupta. Así las imágenes de ese Berlín abierto en canal, cuyas entrañas de asfalto en reconstrucción emulan una vieja herida sin cicatrizar. Tal vez para redimir ese pasado vergonzoso del que tanto Selb como Schlink tratan de huir, el protagonista de la novela, detective y fiscal retirado, desarrolla una calidad y altura éticas intachables, que sin embargo lo convierten en un personaje algo artificioso y recalcitrante como pretendido modelo de incorruptibilidad humana. Y es que, si los jueces del mundo fuesen la mitad de honrados que Selb, puede que Schlink no tuviera sobre qué escribir.

Esta reseña fue originalmente escrita para la revista Lateral, aunque nunca llegó a publicarse.


Las siguientes reseñas, más breves, fueron originalmente publicadas en la revista Lo+ de Castelldefels. 


Thomas De Quincey
Los Césares y otras obras selectas
Valdemar – 389 págs.

Aunque el conjunto de textos recopilados en este libro pasaría bajo el género de “ensayos”, lo cierto es que el estilo de este portentoso autor victoriano es uno de los más lúcidos y bellamente literarios de la historia, cuyos escritos combinan una visión del mundo crítica y mordaz con un refinado gusto por lo narrativo. Conocido mundialmente por su libro autobiográfico Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), De Quincey dejó en verdad un legado mucho más extenso de lo que hasta tiempos recientes conocíamos por sus escasas traducciones. Es por ello que, de un tiempo a esta parte, están editándose por primera vez en lengua castellana muchas de las obras menos conocidas del autor. Dotado del sutil sentido del humor y la sensibilidad mercúrica que caracterizaban al opiómano escritor, Los Césares reúne a su vez un erudito conjunto de ensayos sobre figuras históricas de la talla de Homero, Herodoto o Judas Iscariote. Imprescindible.



James Salter
La última noche
Salamandra – 156 págs.

James Salter es uno de los escritores norteamericanos más celebrados de las últimas décadas. Autor minimalista, tanto en su estilo como en la brevedad de su obra –sólo ha publicado siete libros desde su primera novela, Pilotos de caza (1956)--, el suyo es uno de esos casos que destilan una impronta singular, la personalidad particular y solitaria de un bon-vivant con voz propia dentro de los grandes estilos que caracterizan la literatura norteamericana del siglo XX. En este libro de relatos, con la estocada corta y calculada de un narrador añejo, Salter aborda de nuevo sus temas recurrentes, y que podrían englobarse en esa inagotable cantera de sombras y ambigüedades que son las relaciones humanas. A través de relatos breves y concisos, Salter afronta los terrenos más espinosos del alma con su habitual contención y el saber hacer de la experiencia. Toda una lección de maestría.



Torsten Krol
Callisto
Salamandra, 382 págs.

Segunda entrega del talentoso novelista Torsten Krol, seudónimo de un escritor que se mantiene en el anonimato y al que no conocen ni su agente ni sus editores, ya que se comunica únicamente por e-mail. Aunque se cree que vive en la Australia profunda, Torsten Krol viene esta vez a la carga con una memorable radiografía del corazón oscuro de Estados Unidos, a través de la historia de Odell Deefus, un joven blanco de pocas luces y dos metros de estatura que atraviesa el desierto de Kansas para alistarse en el ejército. Pronto su viaje hacia la nada se trunca y se ve envuelto en una larga serie de despropósitos y personajes inquietantes. Callisto es una sátira moderna contada desde la perspectiva de un necio, pero bajo la pluma maestral de Krol esa misma mirada se convierte en un instrumento ameno, corrosivo e inteligente, capaz de resaltar la complejidad de un mundo sumido en el absurdo.

martes, 14 de octubre de 2008

El libro de Nobac


Presentamos la reseña de El libro de Nobac realizada por Ramiro Sanchiz para el periódico La Diaria de Uruguay, y que apareció en el nº 657 de dicho periódico, el 10 de Octubre de 2008.


"Una de las tantas virtudes de Philip Dick es la facilidad con que se apropia(ba) de todos los clichés de la ciencia ficción clásica para luego darles la enésima vuelta de tuerca, haciendo gala de un manejo del género que revela que todos sus temas son articulables como un lenguaje desde el que se vuelve posible “decir” lo que se quiera o explorar (como es tan común en Philip Dick) la historia de la filosofía y las creencias religiosas. Muy bien, pero ¿a qué viene esto? A que una primera impresión de lectura de El libro de Nobac, la segunda novela del escritor uruguayo residente en Barcelona Federico Fernández Giordano (1977), ganador de la edición 2008 del Premio Minotauro de Ciencia Ficción y Literatura Fantástica, sugiere que su autor acomete una tarea análoga a la Dickiana, pero con la mira puesta no en la CF sino en la tradición más clásica de la literatura fantástica.


Esta afirmación es, al menos en la superficie, muy fácil de justificar: saltan a la vista las referencias a Poe (el nombre del protagonista es Edgar Pym, aludiendo al nombre del autor de La caída de la casa Usher y al apellido del protagonista de Narrativa de Arthur Gordon Pym), a Borges y al Chesterton de las historias del Padre Brown. Asimismo la prosa alambicada remite a algunos grandes cultores de lo fantástico como Arthur Machen y Lord Dunsany, apuntando también a un uso deliberado –y por lo tanto capaz de construir un efecto de “artificialidad”- de las convenciones narrativas. Es posible entonces entender El libro de Nobac como un complejo, estratificado ejercicio de intertextualidad: La recepción de la tradición fantástica de la que hablábamos se construye desde la lectura de esa misma tradición por los escritores parodiados y pasticheados en la novela (empleando un sentido no riguroso de ambos términos), siendo en gran medida Nobac un libro sobre la literatura fantástica en su tradición clásica, más precisamente sobre la literatura fantástica como la leyeron Borges y Bioy, no (y esto me parece de gran importancia) como podrían entenderla los continuadores de Lovecraft y Tolkien, y en ese sentido es interesante leer un ejercicio fantástico contemporáneo que se instala en las antípodas de otros practicantes del género, por ejemplo el Stephen King de La torre oscura o el Neil Gaiman de Stardust o American gods.


En cuanto a las estrategias o convenciones narrativas, está claro que el eje de Nobac es, como en las ficciones de Pérez Reverte, tributario del folletín decimonónico con sus golpes de efecto, sus postergaciones, sus juegos con la expectativa del lector. Es por el uso de estas estrategias, en gran medida, que El libro de Nobac se vuelve una novela de ágil lectura, quizá un poco dispareja o asimétrica si comparamos la respiración de las dos mitades del libro, pero, en última instancia, satisfactoria. La trama involucra a un escritor amargado en busca de su primera obra auténtica, a un libro que narra la vida de su dueño a medida que éste va viviéndola, y a un misterioso científico-alquimista cuya revelación cabal es el punto al que tiende la novela capítulo a capítulo. Quizá uno de sus mayores aciertos es precisamente ese personaje y su conexión con el desenlace de la novela, no tan simple como aparenta, en la estela de aquel cuento de Borges, "Examen de la obra de Herbert Quain", en el que es comentado un relato policial cuya verdadera solución no es la descubierta por el detective sino, una vez pasada la última página del libro, por el lector perspicaz."

Ramiro Sanchiz


miércoles, 3 de septiembre de 2008

El corazón de las tinieblas


Artículo publicado en el especial dedicado a los Villanos de la revista El Duende de Madrid, nº 84, abril/mayo de 2008.

Tradicionalmente los súper-villanos han sido representados con aspecto siniestro, ubicados en lugares brumosos, castillos puntiagudos o enclaves de mal agüero, si bien es cierto que los villanos de carne y hueso no son tan fáciles de distinguir, pues suelen ser de trato amable, de apariencia políticamente correcta, habitan en casas de ladrillo blanco y van en limusina. Dejando esto de lado, ciertos personajes históricos como la condesa de Bathory, el príncipe Vlad Tepes o el barón Gilles de Rais podrían considerarse precursores del súper-villano moderno. Pero desde tiempos bíblicos el hombre no ha dejado de idear personajes fantásticos en los que proyectar su propia némesis. Llevado por su concepción dualista del mundo, se ha planteado así su propio reverso o polo negativo, equilibrando la balanza de la naturaleza humana. Uno de los conceptos más poderosos y efectivos de la moral judeocristiana no fue otro que el Diablo, seguramente el primer súper-villano conocido en Occidente. Del mismo modo, la historia de la literatura nos ofrece un nutrido conjunto de archivillanos o personajes sinuosos cuyos hechos y obras abrumaron durante siglos a la moral bienpensante, y que han servido para inspirar o encarnar las más bajas de las pasiones humanas. El fratricidio encuentra su adalid más famoso en el Caín bíblico; la traición tuvo a su hijo predilecto en el Yago de Shakespeare; genios de la doble moral fueron el Raskolnikof de Dostoievski (quizá el primer anti-héroe moderno), o el inefable oficial Javert de Víctor Hugo.
La novela popular de terror del siglo XVIII fue asimismo un caldo de cultivo en lo que a personajes de ficción inquietantes y maquiavélicos se refiere, como por ejemplo los que abundan en las historias oníricas de E.T.A Hoffman, con su famoso doppelgänger o doble fantasmal. En Hoffman, el mal viene recargado por el componente de lo sobrenatural, entroncando de paso con el relato fantástico, que a su vez daría origen a la novela gótica. Es precisamente con la novela gótica, y posteriormente con la novela policiaca, cuando el arquetipo del archivillano adquiere entidad propia, en figuras como el profesor Moriarty, el eterno antagonista de Sherlock Holmes ideado por Conan Doyle y que encarna al avieso maquinador de diabólicos ardides, antecesor de todos los villanos dotados de una inteligencia excepcional que avendrían más tarde de la mano de Ian Fleming y los creativos de Hollywood.
La novela negra, por su parte, daría cabida a otro tipo de villanos ya no tan espectaculares y sofisticados, pero de igual o mayor calado en una sociedad aterida tras las grandes guerras y desengañada del ensueño de las utopías. Nos referimos al villano/héroe de la novela negra por antonomasia: el criminal, el gángster, el crápula carente de escrúpulos y de moral ambigua que sería glorificado para siempre en las obras imperecederas del film noir, y que tuvo a sus máximos lugartenientes en los personajes de Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Cornel Woolrich y un puñado de guionistas y directores de Hollywood, cuyos personajes traen a colación “la imagen de una sociedad en descomposición sustentada en el miedo colectivo”.


Y de ese “miedo colectivo” nacería otro de los géneros insignes del siglo XX: el thriller, el cual lleva en sus genes la doble hélice del protagonista enfrentado a su antagonista, el eterno conflicto o chiaroscuro de la racionalidad confrontada al sinsentido, en este caso simbolizada por la mente distorsionada y perniciosa de un sociópata. En cuanto a tal, el sociópata es una válvula de escape, un punto de rotura en el que se condensan la brutalidad y la despiadada organización interna de nuestra sociedad. El protagonista absoluto del thriller, el psicópata social, viene a ser un ariete que dinamita la organización clásica de la novela policiaca, un chorro visceral e incoherente contra toda lógica o razón filantrópica. Con el thriller, y con el psicópata, acaban por desmoronarse para siempre las entelequias racionales del mundo, cobran protagonismo las formas más crueles e impensables, por cuanto que inexplicables, de hacer el mal al prójimo, dando lugar a la psicosis generalizada, a escenarios de inestabilidad sin parangón que reverberan en toda una nueva clase de trastornos sociológicos, en la proliferación de consultas de psicólogos, enfermedades del espíritu, ansiedades y fobias nunca antes conocidas, y el vacío echa raíces en nuestras vidas a tal punto que incluso algún escritor célebre llega a abanderarlo como buque insignia del pensamiento existencial.

La cultura de masas no es ajena a “las apologías estéticas del carácter destructivo”, y el hombre sigue sintiéndose atraído por el imparable batir del corazón que late despavorido, por la misteriosa materia negra que intuimos habita no sólo en los callejones oscuros, sino en lo más recóndito de nuestra alma. Desde las figuraciones monstruosas de El Bosco, el tenebrismo de Grünewald y Caravaggio, el oscurantismo de Goya o el delirio sublunar de Füssli, el hombre ha buscado representar, experimentar e incluso emular aquello que más teme, tal vez para exorcizarlo de sí mismo, o para efectuar el gesto vacilante y oblicuo que terminará acercando su espíritu al corazón del abismo.


jueves, 17 de julio de 2008

Desorden



"--Carlo --digo--, ya está lista.

Y él se sobresalta. ¿Qué está listo? Nada está listo nunca, todo se halla en un estado de eterna inconclusión. ¿Quién está listo? Nadie está listo nunca, a todos nos pilla por sorpresa. Las cosas empiezan a superarte de joven, pero tú las ves pasar y piensas que todavía tienes tiempo de volver a echarles el guante. Y no es cierto. Haces algunos intentos y quizá llegas a verlas de nuevo allí a lo lejos, inalcanzables, y entonces te abandonas, rompes el paso resollando. A veces ocurre que las cosas toman caminos equivocados, que como Winnie the Pooh dan tres o cuatro vueltas alrededor del mismo arbusto hasta que se dan cuenta de su error. De improviso, si la fortuna ha decidido premiarte, te la encuentras de cara y la agarras. Así me he convertido yo en un arquitecto paisajista reconocido y buscado, mientras que mi hermano, a los cuarenta y tres años, renquea en la universidad sin esperanza."

Andrea Canobbio; en El natural desorden de las cosas.

miércoles, 9 de julio de 2008

El loco de Chesire






"Pero ¡ponte la camisa de fuerza de la lógica!"

Lewis Carroll; "Lo que la Tortuga dijo a

Aquiles"; en El juego de la lógica.

Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), mundialmente conocido por el seudónimo que aparece en el no menos conocido Alice in Wonderland, era el paradigma del inglés culto y refinado, con toda la solemnidad que otorga el saberse afianzado en el trono de uno de los imperios más imponentes y vastos de la historia. Niño precoz, tartamudo y religioso, Carroll dio clases como profesor de matemáticas durante cuarenta años en Oxford. Tradujo a Tertuliano e hizo carrera dentro de la Iglesia anglicana, llegando a ostentar el título de archidiácono. Más tarde, por causas no del todo claras, Carroll renunciaría al cargo de sacerdote. Semejante dechado de virtudes podría hacernos pensar que se trataba de un hombre común y cabal, pero lo cierto es que escondía un lado aún más fantasioso, si cabe, que los universos matemáticos. Alice in Wonderland, libro de cabecera de cualquier escuela de infantes, alberga una reflexión sobre la lógica que termina por convertirse en no-lógica. Casi sin proponérselo, la obra de Carroll terminaría por convertirse en una nada desdeñable crítica a la razón. Y cierto es que el tiempo acabaría dándole la razón, pues no transcurrirían muchos años para que el mundo se sumiese en una de las épocas más siniestramente delirantes de la historia. 

La lógica de Carroll se nos plantea en forma de cuento, en forma de juego, un juego aparentemente inocente, pero que se desvela corrosivo al tomar conciencia de que nuestra realidad es incapaz de funcionar coherentemente. La verdad, planteada por Carroll y posteriormente desarrollada por lógicos matemáticos de toda especie, es que la lógica representa un gran enredo sin solución, y tal vez cuando un lógico matemático llega a esta conclusión, la reacción más lógica sea la locura.



Debajo de esa imagen de solidez y sobria pulcritud victoriana, debían de latir sin duda las pulsiones propias del espíritu humano, que no son otras que el deseo, el caos, el desacuerdo y el continuo conflicto con las fuerzas en desorden que rigen el mundo. En la figura de ese hombre gris y paradigmático, el prototipo de una forma de ver el mundo consensuada por el racionalismo anglosajón, que todo lo mide en sus balanzas y que todo lo mesura con sus medidas, pesos y distancias; cuyos esquemas conciben y organizan la totalidad del cosmos, dentro de la cual se diría que nada escapa al férreo control de las leyes causales; en ese ámbito casi divino de perfección geométrica, debía de abrirse paso sin embargo la sensibilidad de un hombre atormentado por las continuas basculaciones de la psique indómita, por las pasiones desaforadas de la sangre y las motivaciones, siempre irracionales, del alma humana. Sí, el apacible y correcto ciudadano de la metrópolis romana, de la urbe colonial, de las ciudades de todos los tiempos, escondía en el cajón de su dormitorio un certificado médico con prescripción de enajenación mental.


Pocas cosas cabe destacar de la vida personal de este modesto profesor, aparte de su presunta adicción al láudano, sus pinitos como mago, su renuncia al sacerdocio y su afición por la fotografía de niñas, de la cual se conserva hoy un nutrido museo. Tal vez, decía Borges, esa niña que vemos correr desorientada y siempre al borde de la enajenación en Alice in Wonderland no sea otra cosa que una alegoría de la cultura victoriana, una cultura por ende demasiado rígida y encorsetada en sus propias convicciones, por añadidura, la cultura occidental. Tal vez ese libro “para niños” y las otras obras menos conocidas del autor (El juego de la lógica; La caza del carabón; el compendio de relatos, cartas y poemas intitulado Mathesis demente; o su exquisita versión de "Aquiles y la Tortuga") traten de mostrarnos una evidencia que, más allá de la intencionalidad que pudiera tener o no tener Carroll al escribir su obra, podría ser el centro nodal de una cuestión tan importante como imperceptible a la mente despierta: la prueba de que lo ilógico, lo irracional, es tan necesario y afín a nosotros como la propia naturaleza ordenadora, y cómo esta última termina desvelándose sesgada e imperfecta en sus más elementales convicciones. Tal vez por eso tituló la segunda parte de su obra más famosa con una frase que recuerda a aquella de san Mateo en su Carta a los corintios, manida por los filósofos escépticos y nominalistas para referirse a las limitaciones del conocimiento: “A través de espejo; en total oscuridad.”