miércoles, 3 de septiembre de 2008

El corazón de las tinieblas


Artículo publicado en el especial dedicado a los Villanos de la revista El Duende de Madrid, nº 84, abril/mayo de 2008.

Tradicionalmente los súper-villanos han sido representados con aspecto siniestro, ubicados en lugares brumosos, castillos puntiagudos o enclaves de mal agüero, si bien es cierto que los villanos de carne y hueso no son tan fáciles de distinguir, pues suelen ser de trato amable, de apariencia políticamente correcta, habitan en casas de ladrillo blanco y van en limusina. Dejando esto de lado, ciertos personajes históricos como la condesa de Bathory, el príncipe Vlad Tepes o el barón Gilles de Rais podrían considerarse precursores del súper-villano moderno. Pero desde tiempos bíblicos el hombre no ha dejado de idear personajes fantásticos en los que proyectar su propia némesis. Llevado por su concepción dualista del mundo, se ha planteado así su propio reverso o polo negativo, equilibrando la balanza de la naturaleza humana. Uno de los conceptos más poderosos y efectivos de la moral judeocristiana no fue otro que el Diablo, seguramente el primer súper-villano conocido en Occidente. Del mismo modo, la historia de la literatura nos ofrece un nutrido conjunto de archivillanos o personajes sinuosos cuyos hechos y obras abrumaron durante siglos a la moral bienpensante, y que han servido para inspirar o encarnar las más bajas de las pasiones humanas. El fratricidio encuentra su adalid más famoso en el Caín bíblico; la traición tuvo a su hijo predilecto en el Yago de Shakespeare; genios de la doble moral fueron el Raskolnikof de Dostoievski (quizá el primer anti-héroe moderno), o el inefable oficial Javert de Víctor Hugo.
La novela popular de terror del siglo XVIII fue asimismo un caldo de cultivo en lo que a personajes de ficción inquietantes y maquiavélicos se refiere, como por ejemplo los que abundan en las historias oníricas de E.T.A Hoffman, con su famoso doppelgänger o doble fantasmal. En Hoffman, el mal viene recargado por el componente de lo sobrenatural, entroncando de paso con el relato fantástico, que a su vez daría origen a la novela gótica. Es precisamente con la novela gótica, y posteriormente con la novela policiaca, cuando el arquetipo del archivillano adquiere entidad propia, en figuras como el profesor Moriarty, el eterno antagonista de Sherlock Holmes ideado por Conan Doyle y que encarna al avieso maquinador de diabólicos ardides, antecesor de todos los villanos dotados de una inteligencia excepcional que avendrían más tarde de la mano de Ian Fleming y los creativos de Hollywood.
La novela negra, por su parte, daría cabida a otro tipo de villanos ya no tan espectaculares y sofisticados, pero de igual o mayor calado en una sociedad aterida tras las grandes guerras y desengañada del ensueño de las utopías. Nos referimos al villano/héroe de la novela negra por antonomasia: el criminal, el gángster, el crápula carente de escrúpulos y de moral ambigua que sería glorificado para siempre en las obras imperecederas del film noir, y que tuvo a sus máximos lugartenientes en los personajes de Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Cornel Woolrich y un puñado de guionistas y directores de Hollywood, cuyos personajes traen a colación “la imagen de una sociedad en descomposición sustentada en el miedo colectivo”.


Y de ese “miedo colectivo” nacería otro de los géneros insignes del siglo XX: el thriller, el cual lleva en sus genes la doble hélice del protagonista enfrentado a su antagonista, el eterno conflicto o chiaroscuro de la racionalidad confrontada al sinsentido, en este caso simbolizada por la mente distorsionada y perniciosa de un sociópata. En cuanto a tal, el sociópata es una válvula de escape, un punto de rotura en el que se condensan la brutalidad y la despiadada organización interna de nuestra sociedad. El protagonista absoluto del thriller, el psicópata social, viene a ser un ariete que dinamita la organización clásica de la novela policiaca, un chorro visceral e incoherente contra toda lógica o razón filantrópica. Con el thriller, y con el psicópata, acaban por desmoronarse para siempre las entelequias racionales del mundo, cobran protagonismo las formas más crueles e impensables, por cuanto que inexplicables, de hacer el mal al prójimo, dando lugar a la psicosis generalizada, a escenarios de inestabilidad sin parangón que reverberan en toda una nueva clase de trastornos sociológicos, en la proliferación de consultas de psicólogos, enfermedades del espíritu, ansiedades y fobias nunca antes conocidas, y el vacío echa raíces en nuestras vidas a tal punto que incluso algún escritor célebre llega a abanderarlo como buque insignia del pensamiento existencial.

La cultura de masas no es ajena a “las apologías estéticas del carácter destructivo”, y el hombre sigue sintiéndose atraído por el imparable batir del corazón que late despavorido, por la misteriosa materia negra que intuimos habita no sólo en los callejones oscuros, sino en lo más recóndito de nuestra alma. Desde las figuraciones monstruosas de El Bosco, el tenebrismo de Grünewald y Caravaggio, el oscurantismo de Goya o el delirio sublunar de Füssli, el hombre ha buscado representar, experimentar e incluso emular aquello que más teme, tal vez para exorcizarlo de sí mismo, o para efectuar el gesto vacilante y oblicuo que terminará acercando su espíritu al corazón del abismo.


jueves, 17 de julio de 2008

Desorden



"--Carlo --digo--, ya está lista.

Y él se sobresalta. ¿Qué está listo? Nada está listo nunca, todo se halla en un estado de eterna inconclusión. ¿Quién está listo? Nadie está listo nunca, a todos nos pilla por sorpresa. Las cosas empiezan a superarte de joven, pero tú las ves pasar y piensas que todavía tienes tiempo de volver a echarles el guante. Y no es cierto. Haces algunos intentos y quizá llegas a verlas de nuevo allí a lo lejos, inalcanzables, y entonces te abandonas, rompes el paso resollando. A veces ocurre que las cosas toman caminos equivocados, que como Winnie the Pooh dan tres o cuatro vueltas alrededor del mismo arbusto hasta que se dan cuenta de su error. De improviso, si la fortuna ha decidido premiarte, te la encuentras de cara y la agarras. Así me he convertido yo en un arquitecto paisajista reconocido y buscado, mientras que mi hermano, a los cuarenta y tres años, renquea en la universidad sin esperanza."

Andrea Canobbio; en El natural desorden de las cosas.

miércoles, 9 de julio de 2008

El loco de Chesire






"Pero ¡ponte la camisa de fuerza de la lógica!"

Lewis Carroll; "Lo que la Tortuga dijo a

Aquiles"; en El juego de la lógica.

Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), mundialmente conocido por el seudónimo que aparece en el no menos conocido Alice in Wonderland, era el paradigma del inglés culto y refinado, con toda la solemnidad que otorga el saberse afianzado en el trono de uno de los imperios más imponentes y vastos de la historia. Niño precoz, tartamudo y religioso, Carroll dio clases como profesor de matemáticas durante cuarenta años en Oxford. Tradujo a Tertuliano e hizo carrera dentro de la Iglesia anglicana, llegando a ostentar el título de archidiácono. Más tarde, por causas no del todo claras, Carroll renunciaría al cargo de sacerdote. Semejante dechado de virtudes podría hacernos pensar que se trataba de un hombre común y cabal, pero lo cierto es que escondía un lado aún más fantasioso, si cabe, que los universos matemáticos. Alice in Wonderland, libro de cabecera de cualquier escuela de infantes, alberga una reflexión sobre la lógica que termina por convertirse en no-lógica. Casi sin proponérselo, la obra de Carroll terminaría por convertirse en una nada desdeñable crítica a la razón. Y cierto es que el tiempo acabaría dándole la razón, pues no transcurrirían muchos años para que el mundo se sumiese en una de las épocas más siniestramente delirantes de la historia. 

La lógica de Carroll se nos plantea en forma de cuento, en forma de juego, un juego aparentemente inocente, pero que se desvela corrosivo al tomar conciencia de que nuestra realidad es incapaz de funcionar coherentemente. La verdad, planteada por Carroll y posteriormente desarrollada por lógicos matemáticos de toda especie, es que la lógica representa un gran enredo sin solución, y tal vez cuando un lógico matemático llega a esta conclusión, la reacción más lógica sea la locura.



Debajo de esa imagen de solidez y sobria pulcritud victoriana, debían de latir sin duda las pulsiones propias del espíritu humano, que no son otras que el deseo, el caos, el desacuerdo y el continuo conflicto con las fuerzas en desorden que rigen el mundo. En la figura de ese hombre gris y paradigmático, el prototipo de una forma de ver el mundo consensuada por el racionalismo anglosajón, que todo lo mide en sus balanzas y que todo lo mesura con sus medidas, pesos y distancias; cuyos esquemas conciben y organizan la totalidad del cosmos, dentro de la cual se diría que nada escapa al férreo control de las leyes causales; en ese ámbito casi divino de perfección geométrica, debía de abrirse paso sin embargo la sensibilidad de un hombre atormentado por las continuas basculaciones de la psique indómita, por las pasiones desaforadas de la sangre y las motivaciones, siempre irracionales, del alma humana. Sí, el apacible y correcto ciudadano de la metrópolis romana, de la urbe colonial, de las ciudades de todos los tiempos, escondía en el cajón de su dormitorio un certificado médico con prescripción de enajenación mental.


Pocas cosas cabe destacar de la vida personal de este modesto profesor, aparte de su presunta adicción al láudano, sus pinitos como mago, su renuncia al sacerdocio y su afición por la fotografía de niñas, de la cual se conserva hoy un nutrido museo. Tal vez, decía Borges, esa niña que vemos correr desorientada y siempre al borde de la enajenación en Alice in Wonderland no sea otra cosa que una alegoría de la cultura victoriana, una cultura por ende demasiado rígida y encorsetada en sus propias convicciones, por añadidura, la cultura occidental. Tal vez ese libro “para niños” y las otras obras menos conocidas del autor (El juego de la lógica; La caza del carabón; el compendio de relatos, cartas y poemas intitulado Mathesis demente; o su exquisita versión de "Aquiles y la Tortuga") traten de mostrarnos una evidencia que, más allá de la intencionalidad que pudiera tener o no tener Carroll al escribir su obra, podría ser el centro nodal de una cuestión tan importante como imperceptible a la mente despierta: la prueba de que lo ilógico, lo irracional, es tan necesario y afín a nosotros como la propia naturaleza ordenadora, y cómo esta última termina desvelándose sesgada e imperfecta en sus más elementales convicciones. Tal vez por eso tituló la segunda parte de su obra más famosa con una frase que recuerda a aquella de san Mateo en su Carta a los corintios, manida por los filósofos escépticos y nominalistas para referirse a las limitaciones del conocimiento: “A través de espejo; en total oscuridad.”


miércoles, 18 de junio de 2008

La excomunión del beat, por Manuel Carballo


Asombrosamente, en este sofisticado e hipertecnologizado siglo XXI en el que vivimos, todavía tienen cabida ciertas actitudes más propias de la más contumaz e intransigente sociedad medieval. Evidentemente, para que estas oscurantistas prácticas llamen la atención del observador, deben darse entre personas occidentalmente civilizadas, puesto que es notorio que otras culturas todavía están disfrutando de su particular Edad Media, por lo que, cuando dichas conductas se dan en su seno, son observadas con la displicencia habitual con la que el progreso mira por encima del hombro a quien no ha sabido conquistar aún la modernidad. De entre todas estas reacciones hay una que, dado el objeto que pretende anatematizar, mueve a la perplejidad, cuando no directamente a la máxima hilaridad. Nos referimos a las voces que señalan al rock’n’roll -y todos sus derivados- como el instrumento utilizado por Satanás y su perverso espíritu para enseñorearse de las almas de los incautos jóvenes que han poblado estos últimos cincuenta años, utilizando para ello acechantes mensajes subliminales, ritmos paganos de inspiración primitiva y tribal –“no acuñados antes por un pueblo civilizado”-, y aquelarres multitudinarios –conciertos- en los que se fomenta el uso de drogas, alcohol y la promiscuidad sexual desatada.

Los heraldos de tamaña estupidez sostienen que la música rock es el centro energético de una revolución invisible, sin líder, manifiesto o ideología, que tiene como fin último lavar el cerebro a los que la escuchan, y destruir la moral y el espíritu de la sociedad a través de su eslabón más débil, sus cachorros. Leyendo en las entrañas de nuestra aldea global, estos pacatos arúspices de la era moderna, vaticinan que el triunfo de esta revolución de nefandas raíces -que sobrevendrá de forma inevitable si no recuperamos, entre otras, la práctica de rezar el rosario, ya sea de forma individual o, más recomendablemente, en familia-, nos abocará irremisiblemente al suicidio masivo, la locura criminal y a una sangrienta revolución que subvertirá todos los valores sobre los que se afianza la solidaria y educada sociedad actual, alcanzada tras denodados esfuerzos, y que nuestros inmediatos ancestros tuvieron a bien legarnos desprendidamente.


Como demostración fehaciente y paradigmática de esta disparatada teoría suelen aducirse casos como el de Richard Ramírez -aka “The Night Stalker” (“el Rondador Nocturno”-, un serial killer capturado tras asesinar a 19 personas, que explicó a las autoridades cómo durante las noches en que salía de “caza”, escuchaba indefectiblemente el tema “Night Prowler” en el radiocasete de su, es de suponer, siniestro automóvil, canción que cierra el por otro lado magnífico disco Highway to Hell del grupo australiano AC/DC. Supeditar la conducta homicida de un psicópata a los devaneos diabólicos del grupo de los hermanos Young, revela la misma y estulta lógica interna que nos podría llevar a pensar en la directa culpabilidad de Rouget de Lisle, compositor de La Marsellesa, en las sucesivas campañas napoleónicas. En este sentido, es palmario que múltiples Raskolnikov habitan y habitarán el mundo, muy a pesar de Dostoievski.

Es flagrante, también, la absoluta falta de perspectiva histórica de tales argumentos cuando son enarbolados por fanáticos católicos, al parecer ajenos a las despiadadas prácticas del Santo Oficio, que según algunas fuentes ejecutaron, por mor de la recta conducta, y sólo en España, a entre 4.000 y 30.000 supuestos herejes, sin rubor alguno, como no fuera el arrebol provocado por las ominosas hogueras en los satisfechos rostros de los inquisidores. Aunque semejantes teóricos no pueden caer en la anacronía, teniendo en cuenta el marco ideológico-dogmático en el que se circunscriben, ya que el mismísimo Papa Benedicto XVI, cuando era conocido por el nombre, harto menos enjundioso, de cardenal Ratzinger, expresó, en referencia al proceso que la Iglesia siguió contra Galileo y sus teorías heliocéntricas, que “en la época de Galileo, la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo.” (sic), opinión, ésta, que sin duda proporciona subterráneo pábulo a todas estas apocalípticas paparruchas. A día de hoy, desconocemos las muertes que podrían atribuirse, sin ningún género de dudas, al rock’n’roll y sus variadas manifestaciones, pero, sin desatender a la verdad, pueden contarse por decenas de miles las imputables a las campañas geopolítico-evangelizadora-petrolíferas de los nuevos adalides del catolicismo neo-con más exacerbado y menos musical.

La esencia ultraconservadora de semejantes desatinos aflora alegremente a la superficie cuando leemos, textualmente, que “incluso para los mismos comunistas esta revolución puede ser indomable si no se toman medidas como por ejemplo las adoptadas en China, cuando se canceló la retransmisión televisiva de un concierto de Bob Geldof, que fue sustituido por un par de películas...”, una de las cuales llevaba por primoroso título Vida cultural: poemas de la montaña de Huangshang. Tácitamente, la conducta de los contraprogramadores mandarines legitimaba, mediante una sana brisa silvestre, la ingente cantidad de víctimas provocada por la Revolución Cultural, pura bagatela en comparación al profundo y devastador mal que podrían haber engendrado los rasgueos del concienciado melenudo en su aparición catódica. Y es que sólo Lucifer, o su alter-ego musical, el dios Pan pertrechado con su rockera flauta de siete tubos, tienen el poder de hacer bailar al mismo son a los impíos comunistas de ojos rasgados y a los fervientes y alertados católicos de inquebrantable fe.

Tras saber que los equipos Hi-Fi no son otra cosa que altares dedicados a Satán, y enterarnos de que la música rock es "un ciclón, una corriente de maldad en trance de barrer a las naciones y a sus habitantes", ver cómo la generación que creció al amparo del florido manto de Woodstock, esa misma generación que aprendió la suerte del contoneo incitador bajo el magisterio de Mick Jagger, y que supo del ancestral e hipnótico poder del alarido vocal y eléctrico a través de idólatras como Robert Plant y Jimmy Page, y comprobar después, que esas supuestas huestes luciferinas son ahora recatados editores progresistas, morigerados padres de familia o trasnochados líderes ecologistas, no podemos hacer otra cosa que esbozar una proba y sosegada sonrisa, asumiendo con beatitud que, de momento, el mefistofélico y rítmico master plan ha fracasado.

Para volar más alto aún: http://ar.geocities.com/catolicosalerta/rock/rock.pdf



miércoles, 30 de abril de 2008

Josep Herrera: Filósofos y presidentes


Continuando con nuestra animosa difusión de artistas y creadores de toda especie, tenemos el gusto de incluir a un nuevo adepto a las Saturnales, Josep Herrera, y una muestra de sus trabajos realizados recientemente. Las imágenes de Josep Herrera están hechas desde la sencillez y la carencia de pretensiones (el autor dice haber realizado sus imágenes mientras “practicaba” con su programa photo-shop), pero también denotan una interesante capacidad para el discurso visual, así como un claro sesgo creativo que desde Saturnalia alentamos a no desfallecer. Josep Herrera se define a sí mismo como “un improvisador de primer orden, anárquico indagador de herramientas informáticas para plasmar ideas visuales o musicales, inquieto empedernido, aprendiz de todo, filosofía, literatura, tecnología, ciencia… Lo que se diría un José Luis Moreno autista a lo underground, abierto a la verdad y dispuesto a aprender de todos (vengan de donde vengan) si tienen algo bueno que aportar”.

Por fortuna para nosotros, la creciente accesibilidad de las nuevas tecnologías pone de manifiesto un panorama en el que todo parece posible y, lo que es mejor, en el que todas las ocurrencias creativas y/o artísticas tienen cabida, verbigracia de esa ductilidad y pluralidad de medios que las nuevas tecnologías ponen al alcance de todos. En la actualidad, cualquier hijo de vecino es capaz de convertirse en un creador sin más elementos que un ordenador, un módem, una tarjeta gráfica o un programa de montaje, en un fenómeno que ha dado en una cierta “democratización” de las posibilidades técnicas y por extensión creativas. Por doquier abundan los aspirantes a compositores o músicos que, sirviéndose de un pro-tools, un teclado y poco más, son capaces de inaugurar su propio estudio de grabación "made-at-home", así como de acceder a una efectiva red virtual de distribución a través de Internet. Un ilustrador o diseñador gráfico puede hacer lo propio sin levantarse de su butaca frente al ordenador, y hasta los más corrosivos y cáusticos de los pensadores tienen la oportunidad de ver satisfechas sus ansias de expresarse, de modo que sus opiniones ya no han de caer necesariamente en el anonimato. Nadie sabe qué habría pasado si los artistas “universales” del Renacimiento hubieran tenido acceso a semejante panorama de herramientas de creación y difusión, pero es muy probable que esto mismo hubiera ejercido un cambio cualitativo de tal envergadura que el resultado no sería el mismo. Cuando los medios evolucionan o se alteran, el producto resultante se ve intrínsicamente modificado e incluso condicionado, en un proceso semejante a lo que los científicos atribuyen al Principio de Incertidumbre. En otras palabras: el proceso altera el significado, y, de la misma manera, un conjunto determinado de técnicas dará lugar a un (in)determinado conjunto de creaciones, con sus leyes, características y estilos propios, por ende diferenciadas de todas aquellas que no compartan esas mismas técnicas. Todo esto no es más que una manera de decir que el arte de todas las épocas está intrínsicamente ligado a la técnica, y que sin la una no existiría la otra. Tal vez hayan pasado los tiempos en que el arte era cosa de unos pocos privilegiados que tenían acceso a los mejores estudios y escuelas, fenómeno al que han contribuido la cultura de masas del siglo XX, la diversificación de técnicas y la denominada “cultura pop” de nuestros antecesores. De manera que, para bien o para mal, podemos ser testigos aquí y ahora de todos esos creadores potenciales o de hecho de los que, sin la difusión internáutica y la diversidad de medios antes mencionada, tal vez nunca sabríamos nada. Bienvenido, Mr. Herrera.





















Las imágenes aquí expuestas pertenecen a las series "Filósofos" y "Presidentes USA" realizadas por el autor entre 2007 y 2008.

Contacto: giuseppe166@hotmail.com

Queremos animar a otros creadores a que nos envíen sus trabajos (sean de vídeo, fotografía, diseño, pintura o cualquier otra forma de expresión) y así poder exhibirlos en Saturnalia de manera absolutamente desinteresada, pues es nuestro deseo dar lugar a toda clase de colaboraciones o experimentaciones artísticas afines a la consigna del "arte por el arte". Para enviar vuestros trabajos podéis dirigiros a saturnalia.blog@gmail.com
Atme, la redacción.

lunes, 28 de abril de 2008

The White Stripes y el blues posmoderno


Desde la aparición de sus primeros discos en 1999 y 2001, The White Stripes ha devenido una de las bandas más populares de la escena musical contemporánea. Sin embargo, en este artículo no queremos centrarnos en las cualidades que han hecho de los Stripes un fenómeno de súper-ventas internacional, o como mínimo un fenómeno destacado entre la turba de jóvenes consumidores de rock alternativo bajo todas sus formas. Tampoco vamos a ocuparnos de reseñar u opinar sobre sus postreros trabajos, ya que éstos no podrían encasillarse de forma tan clara en ese aspecto que es la mejor y más original aportación de sus obras debut, es decir, su explícito acercamiento a la música blues y la tratativa de cierta renovación dentro de un género que invariablemente se resiste al paso del tiempo y que, a día de hoy, sigue dando muestras de vitalidad. Y es que este carismático dúo de Detroit esconde tras su envoltorio, por lo demás juvenil y mercantilizado, un planteamiento musical que acaso sea más reflexivo de lo que parece, y por el que su música supone no sólo un feliz torrente de composiciones originales, sino también un giro o tendencia hacia lo que podríamos llamar una cierta posmodernidad dentro de la evolución de la música blues.

Desde el replanteamiento que supuso el punk y las corrientes denominadas post-punk (corrientes que tal vez hayan resultado positivamente más productivas que su epígono original), la música rock sufrió una importante modificación técnica: desde principios de los 70, pasando por los 80 y entrando de lleno en la década de los 90, las nuevas bandas parecen reticentes a la sofisticación técnica característica de los estandartes del rock al uso como Led Zeppelin, King Crimson, Jethro Tull, etc, en lo que ha sido una progresiva inversión o distanciamiento del virtuosismo y las posibilidades técnicas de individualidades prodigiosas. Por el contrario, el post-punk y el grunge, herederos destacados del sonido llamado “garaje”, prefieren explorar los terrenos anímicos de ritmos contundentes y esquemas reducidos, en prior de una sencillez que busca su aliento en la autenticidad y la pureza de sonidos, hecho que podría equipararse a una especie de “Reforma del rock”. Este fenómeno ha despertado las reservas de puristas y academicistas del género, y es cierto que su legado no ha supuesto una superación efectiva de los fundamentos establecidos durante los años 60-70 por los patriarcas absolutos del rock, pero no obstante los tiempos cambian, y el rock también cambia.

Los dos álbumes debut de los Stripes, The White Stripes y DeStijl respectivamente, obras que parecen sacadas de la misma sesión de grabación, beben directamente de la reforma musical antes mencionada, pero asimismo poseen un rasgo que los hace sumamente interesantes no sólo para los nuevos y en ocasiones descerebrados fans del punk-rock, indie y similares, sino para cualquier amante del rock tradicional, y es que ambos discos son un patente tributo al blues. El blues, uno de los puntales que componen la matriz musical del siglo XX junto al jazz y el rock’n’roll, es el auténtico espíritu de una obra eminentemente posmoderna como son estos discos de los Stripes. Un tributo, para más inri, a la faceta más primitiva y vetusta del blues, aquella que, como en el caso de autores post-punk al estilo de Lou Reed, Nick Cave o PJ Harvey, ponía el acento en la afectación del hombre solitario, una guitarra azarosamente rasgueada y la morosidad de arreglos u ornamentos. Signos evidentes de esta recuperación del blues de la mano de los Stripes son la adaptación del clásico de Robert Johnson, “Stop breaking down”; la versión “Death letter” de Son House, y “St. James Infirmary blues” de J. Primrose; el abuso de guitarra slide y el acuso de sonoridades típicas de dicho género en temas como “Little bird”, “Sister, do you know my name?”, “A boy’s best friend”, etc… O menos explícitos en ocasiones, como el estribillo del tema “Cannon”, que clama a John The Revelator, uno de los padres del folk blues. El primer disco de los Stripes está dedicado a Son House, y el segundo a Blind Willie MacTell, otro bluesman a quien rinden homenaje con la versión folk-tune de “Your southern can is mine”.

Por otro lado hay que resaltar la influencia del rock de sesgo más tradicional en la obra de los Stripes. Amén de la consabida deuda que todas las bandas de rock-garaje parecen haber contraído con los Stooges de Iggy Pop, así como de toda una estela de bandas que asimismo han integrado o tendido un puente de transición entre el sonido garaje de los 80 y los géneros tradicionales como el blues y el rock, hallándose estos últimos en proceso de desintegración a finales de los 70, dando lugar a bandas más o menos minoritarias como The Gun Club, The Beat Farmers, The Fleshtones, The Cramps, etc, y que podrían representar antecedentes de esa fusión entre tradición y ruptura, la concepción armónica y vocal de los Stripes posee también retazos de los Rolling Stones de los 70, el capitán Beefheart, y por supuesto Bob Dylan, cuya canción “One more cup of coffee” versionan en el primer disco (sin ir más lejos, la utilización y sonoridad del piano que los Stripes incluyen en sus composiciones más reposadas me recuerda poderosamente al piano de “Ballad of a thin man”…). No es descabellado decir que los White Stripes, al igual que otras bandas contemporáneas cultoras de la misma estela como los también norteamericanos The Black Keys o Soledad Brothers, plantean una concepción musical semejante al Dylan de “Subterranean homesick blues” y sus obras eléctricas de 1965, en las que, como hemos señalado anteriormente, la concepción del rock barroco y estilizado se invierte por la de un sonido minimalista que reduce los elementos técnicos a su menor exponente: emoción y palabra.


Es obvio que nadie buscará en los White Stripes la cúspide del genio academicista al que estamos acostumbrados desde los tiempos del proteico Mozart, pero ésa parece ser precisamente la intención de estos dos músicos de, como mínimo, cuestionable habilidad técnica. La desaguisada y comúnmente desafinada voz de Jack White es una clara muestra de ello, por no hablar de la ejecución impensable de Meg White a la batería, que en ocasiones llega a servirse sólo de bombo y platillo… La sola propuesta de un grupo compuesto únicamente por guitarra, voz y batería, como es el caso de los Stripes, parece ir contra toda convención o sentido común musical, especialmente en un terreno tan abigarrado, tendente al refinamiento y obsesionado con la originalidad como es el rock moderno. Sin embargo, esta digresión técnica esconde un profundo esquematismo del género rock que merece toda nuestra atención. Los temas de los Stripes son esqueletos desnudos de lo que, en manos de una banda convencional, probablemente serían portentosas composiciones de estruendosos acordes y grandilocuentes atmósferas melancólicas. Ellos no; los Stripes prefieren ofrecer un bosquejo, un dibujo deliberadamente deslavazado de canciones que reúnen las mejores cualidades de la tradición rock (y es que, si bien la complejidad técnica hace tiempo que rompió sus relaciones con la música de masas, los Stripes aún practican el viejo gusto por la “canción” pura y simple).

En definitiva, los White Stripes son un vivo exponente de la cultura pop de principios del siglo XXI, así como uno de los más controvertidos ejemplos de la música tradicional americana. Su escucha puede que deje indiferentes a aquellos oídos refinados y habituados a las exquisiteces del tecnicismo, pero eso no quita que algunos aún podamos desconectar por un rato nuestra mens rationalis para disfrutar, sin rubor y sin complejos añadidos, de una música cuya efectividad emocional es directamente proporcional a su sencillez, a su absoluta e inusual inocencia, en el sentido de que carece por completo de pretensiones, huye de los alardes y la sofisticación, para consolidar un inesperado por cuanto que honesto y directo discurso de integridad musical.

lunes, 17 de marzo de 2008

Del misticismo en el racionalismo occidental (Parte 2)



Karl Barth, y antes que él los luteranos, sostuvieron que la religiosidad entendida en el catolicismo es “un esfuerzo, en definitiva pelagiano, para la autoelevación del hombre hasta Dios” (J. L. Aranguren; en La crisis del catolicismo). Esa tendencia “ascendente” es la que fundamenta el pathos religioso del hombre, en la misma medida que fundamenta la intuición o idea del conocimiento como figura trascendente. De hecho, el conocimiento humano está sujeto a un factor que tradicionalmente los gentiles y filósofos han atribuido a la religión, pero que no obstante aparece como punto de apoyo entre aquellos aspectos del conocimiento que no están del todo claros o no son consistentes. Nos referimos al artículo de arbitrariedad que a menudo existe en el proceso racional, o lo que es igual, a la fe en ciertos supuestos axiomáticos de carácter universal. Es más, el carácter presuntamente “infalible”, por cuanto que lógico-matemático, del conocimiento deductivo es susceptible asimismo de ser contemplado como una especie de arbitrariedad, un conjunto de normas de juego que nosotros mismos hemos precisado, a raíz de la observación y la experiencia en algunos casos, pero a través de la mera especulación teórica en su mayoría, actuando como una argamasa aglutinadora que se extiende sobre las grietas y huecos del conocimiento, como un arquitecto enajenado recubriría sus estructuras tambaleantes y resquebrajadas de modo que adquiriesen la apariencia de sólidas y bien cimentadas.

Bajo esta luz, la teoría del conocimiento se desvela un juego amañado, como si dijéramos un “yo me lo guiso, yo me lo como”. Es el culto, indistinto de lo religioso, a un noúmeno inexpresable contenido en el conocimiento y más concretamente en los razonamientos formales, de forma similar al rol que una verdad trascendente desempeña en los cuerpos religiosos. Se intuye que hay una Verdad, inapelable por la lógica y la experiencia, sólo mediable a través de la fe, como en el caso de los protestantes radicales, para los cuales, según J. L. Aranguren, “religión es culto a esa x, de la que nada con sentido podemos decir, cuya función sería la de tapar los agujeros de nuestro conocimiento (...)”.

La verdad, la causalidad, los elementos fundamentales de la lógica aristotélica y de la docta scientia escolástica -con la que los teólogos-filósofos creían acercarse a Dios-, son rasgos propios del racionalismo occidental hasta nuestros días, como una suerte de amuletos o “ideas sortilegio” ante las cuales el oscuro universo cobra su significado. Incluso el pensamiento lógico, hasta la fecha la mejor y más eficaz herramienta conocida para despojar al universo de sus secretos, fundamenta la validez de sus presupuestos a través de “proposiciones de verdad” que en el mejor de los casos serán tomadas como pruebas de falibilidad, pero que no obstante corren el peligro de magnificarse y devenir en nuevas formas de idolatría.

Del nominalismo lógico de Ockham a los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein se sigue la misma línea escéptica-racional que se detiene en lo “mistico”, en ese punto allende el cual no es posible afirmar nada con seguridad, y que, expresado en términos más acordes con el método racional, se traduce en el postulado de “indecibilidad” acuñado por Kurt Gödel para el cálculo algebraico aunque extensible al pensamiento lógico-deductivo. Pero tal vez no exista un lenguaje no-místico, porque toda expresión simbólica es una expresión de algo intuido por la razón abstracta. La constatación científica no dice nada en favor de la universalidad de sus resultados. Por eso todo lenguaje es alegórico, simbólico, y por extensión místico. De ahí también el carácter oscuro de los textos religiosos y sagrados, la impermeabilidad de las paradojas lógicas o el hermetismo de las revelaciones mesiánicas. Y todo científico sabe que un problema pierde su atractivo una vez ha sido resuelto. Por eso, “lenguaje místico” es todo aquel que construye un sistema formal a partir de meras intuiciones (como intuiciones podríamos admitir tanto la existencia de una inteligencia suprema religiosa como la de una verdad trascendente filosófica), y nuestro ensalzado pensamiento racional no ha de escapar a esta categoría.


Hasta tiempos recientes, se quería que el conocimiento fuera un universo en orden y estructurado óptimamente, como algo divino o perfecto en su ecuanimidad. ¿Qué queda de ese ensueño tras poner en entredicho los pilares del pensamiento? ¿Qué nueva dilatación del intelecto será necesaria para describir lo que carece de toda forma y medida? Nuestro mundo racional salta en desbarate al llegar a este punto, y “culmina con el diseño de una proposición formal que, convenientemente interpretada, afirma de sí misma su indemostrabilidad” (Kasner y Newman; en El teorema de Gödel).