miércoles, 18 de junio de 2008

La excomunión del beat, por Manuel Carballo


Asombrosamente, en este sofisticado e hipertecnologizado siglo XXI en el que vivimos, todavía tienen cabida ciertas actitudes más propias de la más contumaz e intransigente sociedad medieval. Evidentemente, para que estas oscurantistas prácticas llamen la atención del observador, deben darse entre personas occidentalmente civilizadas, puesto que es notorio que otras culturas todavía están disfrutando de su particular Edad Media, por lo que, cuando dichas conductas se dan en su seno, son observadas con la displicencia habitual con la que el progreso mira por encima del hombro a quien no ha sabido conquistar aún la modernidad. De entre todas estas reacciones hay una que, dado el objeto que pretende anatematizar, mueve a la perplejidad, cuando no directamente a la máxima hilaridad. Nos referimos a las voces que señalan al rock’n’roll -y todos sus derivados- como el instrumento utilizado por Satanás y su perverso espíritu para enseñorearse de las almas de los incautos jóvenes que han poblado estos últimos cincuenta años, utilizando para ello acechantes mensajes subliminales, ritmos paganos de inspiración primitiva y tribal –“no acuñados antes por un pueblo civilizado”-, y aquelarres multitudinarios –conciertos- en los que se fomenta el uso de drogas, alcohol y la promiscuidad sexual desatada.

Los heraldos de tamaña estupidez sostienen que la música rock es el centro energético de una revolución invisible, sin líder, manifiesto o ideología, que tiene como fin último lavar el cerebro a los que la escuchan, y destruir la moral y el espíritu de la sociedad a través de su eslabón más débil, sus cachorros. Leyendo en las entrañas de nuestra aldea global, estos pacatos arúspices de la era moderna, vaticinan que el triunfo de esta revolución de nefandas raíces -que sobrevendrá de forma inevitable si no recuperamos, entre otras, la práctica de rezar el rosario, ya sea de forma individual o, más recomendablemente, en familia-, nos abocará irremisiblemente al suicidio masivo, la locura criminal y a una sangrienta revolución que subvertirá todos los valores sobre los que se afianza la solidaria y educada sociedad actual, alcanzada tras denodados esfuerzos, y que nuestros inmediatos ancestros tuvieron a bien legarnos desprendidamente.


Como demostración fehaciente y paradigmática de esta disparatada teoría suelen aducirse casos como el de Richard Ramírez -aka “The Night Stalker” (“el Rondador Nocturno”-, un serial killer capturado tras asesinar a 19 personas, que explicó a las autoridades cómo durante las noches en que salía de “caza”, escuchaba indefectiblemente el tema “Night Prowler” en el radiocasete de su, es de suponer, siniestro automóvil, canción que cierra el por otro lado magnífico disco Highway to Hell del grupo australiano AC/DC. Supeditar la conducta homicida de un psicópata a los devaneos diabólicos del grupo de los hermanos Young, revela la misma y estulta lógica interna que nos podría llevar a pensar en la directa culpabilidad de Rouget de Lisle, compositor de La Marsellesa, en las sucesivas campañas napoleónicas. En este sentido, es palmario que múltiples Raskolnikov habitan y habitarán el mundo, muy a pesar de Dostoievski.

Es flagrante, también, la absoluta falta de perspectiva histórica de tales argumentos cuando son enarbolados por fanáticos católicos, al parecer ajenos a las despiadadas prácticas del Santo Oficio, que según algunas fuentes ejecutaron, por mor de la recta conducta, y sólo en España, a entre 4.000 y 30.000 supuestos herejes, sin rubor alguno, como no fuera el arrebol provocado por las ominosas hogueras en los satisfechos rostros de los inquisidores. Aunque semejantes teóricos no pueden caer en la anacronía, teniendo en cuenta el marco ideológico-dogmático en el que se circunscriben, ya que el mismísimo Papa Benedicto XVI, cuando era conocido por el nombre, harto menos enjundioso, de cardenal Ratzinger, expresó, en referencia al proceso que la Iglesia siguió contra Galileo y sus teorías heliocéntricas, que “en la época de Galileo, la Iglesia fue mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo.” (sic), opinión, ésta, que sin duda proporciona subterráneo pábulo a todas estas apocalípticas paparruchas. A día de hoy, desconocemos las muertes que podrían atribuirse, sin ningún género de dudas, al rock’n’roll y sus variadas manifestaciones, pero, sin desatender a la verdad, pueden contarse por decenas de miles las imputables a las campañas geopolítico-evangelizadora-petrolíferas de los nuevos adalides del catolicismo neo-con más exacerbado y menos musical.

La esencia ultraconservadora de semejantes desatinos aflora alegremente a la superficie cuando leemos, textualmente, que “incluso para los mismos comunistas esta revolución puede ser indomable si no se toman medidas como por ejemplo las adoptadas en China, cuando se canceló la retransmisión televisiva de un concierto de Bob Geldof, que fue sustituido por un par de películas...”, una de las cuales llevaba por primoroso título Vida cultural: poemas de la montaña de Huangshang. Tácitamente, la conducta de los contraprogramadores mandarines legitimaba, mediante una sana brisa silvestre, la ingente cantidad de víctimas provocada por la Revolución Cultural, pura bagatela en comparación al profundo y devastador mal que podrían haber engendrado los rasgueos del concienciado melenudo en su aparición catódica. Y es que sólo Lucifer, o su alter-ego musical, el dios Pan pertrechado con su rockera flauta de siete tubos, tienen el poder de hacer bailar al mismo son a los impíos comunistas de ojos rasgados y a los fervientes y alertados católicos de inquebrantable fe.

Tras saber que los equipos Hi-Fi no son otra cosa que altares dedicados a Satán, y enterarnos de que la música rock es "un ciclón, una corriente de maldad en trance de barrer a las naciones y a sus habitantes", ver cómo la generación que creció al amparo del florido manto de Woodstock, esa misma generación que aprendió la suerte del contoneo incitador bajo el magisterio de Mick Jagger, y que supo del ancestral e hipnótico poder del alarido vocal y eléctrico a través de idólatras como Robert Plant y Jimmy Page, y comprobar después, que esas supuestas huestes luciferinas son ahora recatados editores progresistas, morigerados padres de familia o trasnochados líderes ecologistas, no podemos hacer otra cosa que esbozar una proba y sosegada sonrisa, asumiendo con beatitud que, de momento, el mefistofélico y rítmico master plan ha fracasado.

Para volar más alto aún: http://ar.geocities.com/catolicosalerta/rock/rock.pdf



miércoles, 30 de abril de 2008

Josep Herrera: Filósofos y presidentes


Continuando con nuestra animosa difusión de artistas y creadores de toda especie, tenemos el gusto de incluir a un nuevo adepto a las Saturnales, Josep Herrera, y una muestra de sus trabajos realizados recientemente. Las imágenes de Josep Herrera están hechas desde la sencillez y la carencia de pretensiones (el autor dice haber realizado sus imágenes mientras “practicaba” con su programa photo-shop), pero también denotan una interesante capacidad para el discurso visual, así como un claro sesgo creativo que desde Saturnalia alentamos a no desfallecer. Josep Herrera se define a sí mismo como “un improvisador de primer orden, anárquico indagador de herramientas informáticas para plasmar ideas visuales o musicales, inquieto empedernido, aprendiz de todo, filosofía, literatura, tecnología, ciencia… Lo que se diría un José Luis Moreno autista a lo underground, abierto a la verdad y dispuesto a aprender de todos (vengan de donde vengan) si tienen algo bueno que aportar”.

Por fortuna para nosotros, la creciente accesibilidad de las nuevas tecnologías pone de manifiesto un panorama en el que todo parece posible y, lo que es mejor, en el que todas las ocurrencias creativas y/o artísticas tienen cabida, verbigracia de esa ductilidad y pluralidad de medios que las nuevas tecnologías ponen al alcance de todos. En la actualidad, cualquier hijo de vecino es capaz de convertirse en un creador sin más elementos que un ordenador, un módem, una tarjeta gráfica o un programa de montaje, en un fenómeno que ha dado en una cierta “democratización” de las posibilidades técnicas y por extensión creativas. Por doquier abundan los aspirantes a compositores o músicos que, sirviéndose de un pro-tools, un teclado y poco más, son capaces de inaugurar su propio estudio de grabación "made-at-home", así como de acceder a una efectiva red virtual de distribución a través de Internet. Un ilustrador o diseñador gráfico puede hacer lo propio sin levantarse de su butaca frente al ordenador, y hasta los más corrosivos y cáusticos de los pensadores tienen la oportunidad de ver satisfechas sus ansias de expresarse, de modo que sus opiniones ya no han de caer necesariamente en el anonimato. Nadie sabe qué habría pasado si los artistas “universales” del Renacimiento hubieran tenido acceso a semejante panorama de herramientas de creación y difusión, pero es muy probable que esto mismo hubiera ejercido un cambio cualitativo de tal envergadura que el resultado no sería el mismo. Cuando los medios evolucionan o se alteran, el producto resultante se ve intrínsicamente modificado e incluso condicionado, en un proceso semejante a lo que los científicos atribuyen al Principio de Incertidumbre. En otras palabras: el proceso altera el significado, y, de la misma manera, un conjunto determinado de técnicas dará lugar a un (in)determinado conjunto de creaciones, con sus leyes, características y estilos propios, por ende diferenciadas de todas aquellas que no compartan esas mismas técnicas. Todo esto no es más que una manera de decir que el arte de todas las épocas está intrínsicamente ligado a la técnica, y que sin la una no existiría la otra. Tal vez hayan pasado los tiempos en que el arte era cosa de unos pocos privilegiados que tenían acceso a los mejores estudios y escuelas, fenómeno al que han contribuido la cultura de masas del siglo XX, la diversificación de técnicas y la denominada “cultura pop” de nuestros antecesores. De manera que, para bien o para mal, podemos ser testigos aquí y ahora de todos esos creadores potenciales o de hecho de los que, sin la difusión internáutica y la diversidad de medios antes mencionada, tal vez nunca sabríamos nada. Bienvenido, Mr. Herrera.





















Las imágenes aquí expuestas pertenecen a las series "Filósofos" y "Presidentes USA" realizadas por el autor entre 2007 y 2008.

Contacto: giuseppe166@hotmail.com

Queremos animar a otros creadores a que nos envíen sus trabajos (sean de vídeo, fotografía, diseño, pintura o cualquier otra forma de expresión) y así poder exhibirlos en Saturnalia de manera absolutamente desinteresada, pues es nuestro deseo dar lugar a toda clase de colaboraciones o experimentaciones artísticas afines a la consigna del "arte por el arte". Para enviar vuestros trabajos podéis dirigiros a saturnalia.blog@gmail.com
Atme, la redacción.

lunes, 28 de abril de 2008

The White Stripes y el blues posmoderno


Desde la aparición de sus primeros discos en 1999 y 2001, The White Stripes ha devenido una de las bandas más populares de la escena musical contemporánea. Sin embargo, en este artículo no queremos centrarnos en las cualidades que han hecho de los Stripes un fenómeno de súper-ventas internacional, o como mínimo un fenómeno destacado entre la turba de jóvenes consumidores de rock alternativo bajo todas sus formas. Tampoco vamos a ocuparnos de reseñar u opinar sobre sus postreros trabajos, ya que éstos no podrían encasillarse de forma tan clara en ese aspecto que es la mejor y más original aportación de sus obras debut, es decir, su explícito acercamiento a la música blues y la tratativa de cierta renovación dentro de un género que invariablemente se resiste al paso del tiempo y que, a día de hoy, sigue dando muestras de vitalidad. Y es que este carismático dúo de Detroit esconde tras su envoltorio, por lo demás juvenil y mercantilizado, un planteamiento musical que acaso sea más reflexivo de lo que parece, y por el que su música supone no sólo un feliz torrente de composiciones originales, sino también un giro o tendencia hacia lo que podríamos llamar una cierta posmodernidad dentro de la evolución de la música blues.

Desde el replanteamiento que supuso el punk y las corrientes denominadas post-punk (corrientes que tal vez hayan resultado positivamente más productivas que su epígono original), la música rock sufrió una importante modificación técnica: desde principios de los 70, pasando por los 80 y entrando de lleno en la década de los 90, las nuevas bandas parecen reticentes a la sofisticación técnica característica de los estandartes del rock al uso como Led Zeppelin, King Crimson, Jethro Tull, etc, en lo que ha sido una progresiva inversión o distanciamiento del virtuosismo y las posibilidades técnicas de individualidades prodigiosas. Por el contrario, el post-punk y el grunge, herederos destacados del sonido llamado “garaje”, prefieren explorar los terrenos anímicos de ritmos contundentes y esquemas reducidos, en prior de una sencillez que busca su aliento en la autenticidad y la pureza de sonidos, hecho que podría equipararse a una especie de “Reforma del rock”. Este fenómeno ha despertado las reservas de puristas y academicistas del género, y es cierto que su legado no ha supuesto una superación efectiva de los fundamentos establecidos durante los años 60-70 por los patriarcas absolutos del rock, pero no obstante los tiempos cambian, y el rock también cambia.

Los dos álbumes debut de los Stripes, The White Stripes y DeStijl respectivamente, obras que parecen sacadas de la misma sesión de grabación, beben directamente de la reforma musical antes mencionada, pero asimismo poseen un rasgo que los hace sumamente interesantes no sólo para los nuevos y en ocasiones descerebrados fans del punk-rock, indie y similares, sino para cualquier amante del rock tradicional, y es que ambos discos son un patente tributo al blues. El blues, uno de los puntales que componen la matriz musical del siglo XX junto al jazz y el rock’n’roll, es el auténtico espíritu de una obra eminentemente posmoderna como son estos discos de los Stripes. Un tributo, para más inri, a la faceta más primitiva y vetusta del blues, aquella que, como en el caso de autores post-punk al estilo de Lou Reed, Nick Cave o PJ Harvey, ponía el acento en la afectación del hombre solitario, una guitarra azarosamente rasgueada y la morosidad de arreglos u ornamentos. Signos evidentes de esta recuperación del blues de la mano de los Stripes son la adaptación del clásico de Robert Johnson, “Stop breaking down”; la versión “Death letter” de Son House, y “St. James Infirmary blues” de J. Primrose; el abuso de guitarra slide y el acuso de sonoridades típicas de dicho género en temas como “Little bird”, “Sister, do you know my name?”, “A boy’s best friend”, etc… O menos explícitos en ocasiones, como el estribillo del tema “Cannon”, que clama a John The Revelator, uno de los padres del folk blues. El primer disco de los Stripes está dedicado a Son House, y el segundo a Blind Willie MacTell, otro bluesman a quien rinden homenaje con la versión folk-tune de “Your southern can is mine”.

Por otro lado hay que resaltar la influencia del rock de sesgo más tradicional en la obra de los Stripes. Amén de la consabida deuda que todas las bandas de rock-garaje parecen haber contraído con los Stooges de Iggy Pop, así como de toda una estela de bandas que asimismo han integrado o tendido un puente de transición entre el sonido garaje de los 80 y los géneros tradicionales como el blues y el rock, hallándose estos últimos en proceso de desintegración a finales de los 70, dando lugar a bandas más o menos minoritarias como The Gun Club, The Beat Farmers, The Fleshtones, The Cramps, etc, y que podrían representar antecedentes de esa fusión entre tradición y ruptura, la concepción armónica y vocal de los Stripes posee también retazos de los Rolling Stones de los 70, el capitán Beefheart, y por supuesto Bob Dylan, cuya canción “One more cup of coffee” versionan en el primer disco (sin ir más lejos, la utilización y sonoridad del piano que los Stripes incluyen en sus composiciones más reposadas me recuerda poderosamente al piano de “Ballad of a thin man”…). No es descabellado decir que los White Stripes, al igual que otras bandas contemporáneas cultoras de la misma estela como los también norteamericanos The Black Keys o Soledad Brothers, plantean una concepción musical semejante al Dylan de “Subterranean homesick blues” y sus obras eléctricas de 1965, en las que, como hemos señalado anteriormente, la concepción del rock barroco y estilizado se invierte por la de un sonido minimalista que reduce los elementos técnicos a su menor exponente: emoción y palabra.


Es obvio que nadie buscará en los White Stripes la cúspide del genio academicista al que estamos acostumbrados desde los tiempos del proteico Mozart, pero ésa parece ser precisamente la intención de estos dos músicos de, como mínimo, cuestionable habilidad técnica. La desaguisada y comúnmente desafinada voz de Jack White es una clara muestra de ello, por no hablar de la ejecución impensable de Meg White a la batería, que en ocasiones llega a servirse sólo de bombo y platillo… La sola propuesta de un grupo compuesto únicamente por guitarra, voz y batería, como es el caso de los Stripes, parece ir contra toda convención o sentido común musical, especialmente en un terreno tan abigarrado, tendente al refinamiento y obsesionado con la originalidad como es el rock moderno. Sin embargo, esta digresión técnica esconde un profundo esquematismo del género rock que merece toda nuestra atención. Los temas de los Stripes son esqueletos desnudos de lo que, en manos de una banda convencional, probablemente serían portentosas composiciones de estruendosos acordes y grandilocuentes atmósferas melancólicas. Ellos no; los Stripes prefieren ofrecer un bosquejo, un dibujo deliberadamente deslavazado de canciones que reúnen las mejores cualidades de la tradición rock (y es que, si bien la complejidad técnica hace tiempo que rompió sus relaciones con la música de masas, los Stripes aún practican el viejo gusto por la “canción” pura y simple).

En definitiva, los White Stripes son un vivo exponente de la cultura pop de principios del siglo XXI, así como uno de los más controvertidos ejemplos de la música tradicional americana. Su escucha puede que deje indiferentes a aquellos oídos refinados y habituados a las exquisiteces del tecnicismo, pero eso no quita que algunos aún podamos desconectar por un rato nuestra mens rationalis para disfrutar, sin rubor y sin complejos añadidos, de una música cuya efectividad emocional es directamente proporcional a su sencillez, a su absoluta e inusual inocencia, en el sentido de que carece por completo de pretensiones, huye de los alardes y la sofisticación, para consolidar un inesperado por cuanto que honesto y directo discurso de integridad musical.

lunes, 17 de marzo de 2008

Del misticismo en el racionalismo occidental (Parte 2)



Karl Barth, y antes que él los luteranos, sostuvieron que la religiosidad entendida en el catolicismo es “un esfuerzo, en definitiva pelagiano, para la autoelevación del hombre hasta Dios” (J. L. Aranguren; en La crisis del catolicismo). Esa tendencia “ascendente” es la que fundamenta el pathos religioso del hombre, en la misma medida que fundamenta la intuición o idea del conocimiento como figura trascendente. De hecho, el conocimiento humano está sujeto a un factor que tradicionalmente los gentiles y filósofos han atribuido a la religión, pero que no obstante aparece como punto de apoyo entre aquellos aspectos del conocimiento que no están del todo claros o no son consistentes. Nos referimos al artículo de arbitrariedad que a menudo existe en el proceso racional, o lo que es igual, a la fe en ciertos supuestos axiomáticos de carácter universal. Es más, el carácter presuntamente “infalible”, por cuanto que lógico-matemático, del conocimiento deductivo es susceptible asimismo de ser contemplado como una especie de arbitrariedad, un conjunto de normas de juego que nosotros mismos hemos precisado, a raíz de la observación y la experiencia en algunos casos, pero a través de la mera especulación teórica en su mayoría, actuando como una argamasa aglutinadora que se extiende sobre las grietas y huecos del conocimiento, como un arquitecto enajenado recubriría sus estructuras tambaleantes y resquebrajadas de modo que adquiriesen la apariencia de sólidas y bien cimentadas.

Bajo esta luz, la teoría del conocimiento se desvela un juego amañado, como si dijéramos un “yo me lo guiso, yo me lo como”. Es el culto, indistinto de lo religioso, a un noúmeno inexpresable contenido en el conocimiento y más concretamente en los razonamientos formales, de forma similar al rol que una verdad trascendente desempeña en los cuerpos religiosos. Se intuye que hay una Verdad, inapelable por la lógica y la experiencia, sólo mediable a través de la fe, como en el caso de los protestantes radicales, para los cuales, según J. L. Aranguren, “religión es culto a esa x, de la que nada con sentido podemos decir, cuya función sería la de tapar los agujeros de nuestro conocimiento (...)”.

La verdad, la causalidad, los elementos fundamentales de la lógica aristotélica y de la docta scientia escolástica -con la que los teólogos-filósofos creían acercarse a Dios-, son rasgos propios del racionalismo occidental hasta nuestros días, como una suerte de amuletos o “ideas sortilegio” ante las cuales el oscuro universo cobra su significado. Incluso el pensamiento lógico, hasta la fecha la mejor y más eficaz herramienta conocida para despojar al universo de sus secretos, fundamenta la validez de sus presupuestos a través de “proposiciones de verdad” que en el mejor de los casos serán tomadas como pruebas de falibilidad, pero que no obstante corren el peligro de magnificarse y devenir en nuevas formas de idolatría.

Del nominalismo lógico de Ockham a los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein se sigue la misma línea escéptica-racional que se detiene en lo “mistico”, en ese punto allende el cual no es posible afirmar nada con seguridad, y que, expresado en términos más acordes con el método racional, se traduce en el postulado de “indecibilidad” acuñado por Kurt Gödel para el cálculo algebraico aunque extensible al pensamiento lógico-deductivo. Pero tal vez no exista un lenguaje no-místico, porque toda expresión simbólica es una expresión de algo intuido por la razón abstracta. La constatación científica no dice nada en favor de la universalidad de sus resultados. Por eso todo lenguaje es alegórico, simbólico, y por extensión místico. De ahí también el carácter oscuro de los textos religiosos y sagrados, la impermeabilidad de las paradojas lógicas o el hermetismo de las revelaciones mesiánicas. Y todo científico sabe que un problema pierde su atractivo una vez ha sido resuelto. Por eso, “lenguaje místico” es todo aquel que construye un sistema formal a partir de meras intuiciones (como intuiciones podríamos admitir tanto la existencia de una inteligencia suprema religiosa como la de una verdad trascendente filosófica), y nuestro ensalzado pensamiento racional no ha de escapar a esta categoría.


Hasta tiempos recientes, se quería que el conocimiento fuera un universo en orden y estructurado óptimamente, como algo divino o perfecto en su ecuanimidad. ¿Qué queda de ese ensueño tras poner en entredicho los pilares del pensamiento? ¿Qué nueva dilatación del intelecto será necesaria para describir lo que carece de toda forma y medida? Nuestro mundo racional salta en desbarate al llegar a este punto, y “culmina con el diseño de una proposición formal que, convenientemente interpretada, afirma de sí misma su indemostrabilidad” (Kasner y Newman; en El teorema de Gödel).

martes, 19 de febrero de 2008

Exit Book nº 8


Como cada año por estas fechas, ha salido a la calle el nuevo número de Exit Book, que vuelve a presentarse como revista semestral tras sus inicios en forma de anuario, manteniendo por tanto el mismo precio (15 euros) y misma extensión que en su anterior tirada (sobre 150 págs). Lo que sí se mantiene intacto como el primer día es la altísima calidad y nivel de sus contenidos y artículos, todos ellos de un rigor y agudeza dignos de encomio. No en vano, Exist Book es una revista especializada que se dedica a analizar y reseñar las novedades en libros de arte, aunque también se la conozca por sus tiradas temáticas, más asequibles aunque también menos suculentas que este formato semestral que como siempre viene atiborrado de textos sesudos y extensos.


Como ya es costumbre, la editora Rosa Olivares abre el volumen con sus interesantes opiniones, en esta ocasión con una voz de alarma ante la creciente caducidad y mediocridad de la cultura entre los actuales medios de difusión. Dos entrevistas: la de la analista del arte Mieke Bal (catedrática de Teoría de la Literatura en la Universidad de Ámsterdam y directora fundadora de ASCA [Amsterdam School for Cultural Análisis], cuya “amplia obra […] se ha acercado a los objetos culturales a través de una perspectiva transdisciplinar en la que se dan la mano la teoría literaria, la semiótica, el feminismo, la historia del arte, los estudios culturales o la teoría postcolonial. Esta entrevista –escribe Miguel Á. Hernández-Navarro— se centra en su transición a través de las disciplinas y en su interés en la cultura visual, la figura del espectador y su experiencia ante las imágenes”); y la del escritor Gerardo Mosquera (“autor de numerosos libros, ensayos histórico-críticos y escritos de teoría del arte, fundador de la Bienal de La Habana, curador del New Museum of Contemporary Art de Nueva York y consejero de la Rijksakademie van Beeldene Kunsten de Ámsterdam”, cuya reciente obra, Copiar el Edén. Arte reciente en Chile, “analiza las producciones artísticas contemporáneas del país transandino”, y que asimismo esgrime un dinámico análisis en torno al marco sociocultural en América latina).


El elenco de articulistas que componen este octavo número de Exit Book (Fernando Castro Flórez, Rocío de la Villa, Patxi Lanceros, Antonio Weinritchter, Antón Patiño, Alberto Sánchez Balmisa, Glòria Picazo, Celia Díez, Santiago García Navarro, Eugenio Cano, Laura Bravo, Felipe Hernández Cava, Guillaume Désangres, Pedro A. Cruz Sánchez, Castro Flórez, Francisco Javier San Martín, Andrea Giunta, Pablo Llorca, Claudia Laudanno, Manuel García, Anna Maria Guasch, Ana Martínez Collado, Martí Peran, Néstor García Canclini, José Luis Brea, Rafael Jackson, Amparo Lozano, Martín Prada, Ángel Kalenberg, Laura Baigorri, Chus Tudelilla, José Luis Pérez Pont, David Pérez y Seve Penelas) no es menos estimulante y como es habitual cada uno de ellos ofrece una excepcional capacidad para el análisis cultural, artístico, literario, etc. Entre los libros reseñados cabe destacar El asalto a la nevera. Reflexiones sobre la cultura del siglo XX de Peter Wollen; el libro II de las Obras completas de Walter Benjamin; Bajo el signo de Saturno de Susan Sontag; Historia de la fealdad de Umberto Eco; El canto de las sirenas. Argumentos musicales de Eugenio Trías; La leyenda del artista de Ernst Kris y Otto Kurz; The exiles of Marcel Duchamp de T. J. Demos; Beckett. El infatigable deseo, de Alain Baidou; Gestas y opiniones del doctor Faustroll, Patafísico, de Alfred Jarry; Fellini. La vida y las obras, de Tullio Kezich, así como las conversaciones con el mismo cineasta de Constanzo Constantini; De la ruptura al “cul de sac”. Arte en la 2ª mitad del siglo XX, de Thomas McEvelley; …dontstopdontstopdontstopdontstop (sí, así es el título) de Hans-Ulrich Obrist; un artículo especial dedicado al recientemente fallecido Jean Baudrillard; Cultura Ram de José Luis Brea; Cibercultura. La cultura de la sociedad digital, de Pierre Lévy; y un largo etcétera donde no se quedan en el tintero casi ninguno de los usos artísticos y/o tecnológicos contemporáneos, desde la arquitectura hasta la fotografía, el land art y el arte medioambiental, el minimalismo, el arte conceptual, urbanismo, tratados sobre paisaje, videojuegos, crítica social, museos…


Si tenemos en cuenta que la mayoría de nosotros no seríamos capaces de invertir el tiempo y dinero (sobre todo dinero) suficientes para comprar y asimilar todos estos libros, la tarea de análisis realizada por Exit Book y publicaciones similares se desvela merecedora de nuestros mejores elogios. Pese a ello, y como por desgracia cabría pensar, una revista como Exit Book no la encontrará el lector en un quiosco cualquiera, sino que es entre las librerías especializadas donde deberá buscar a fin de hacerse con tan enjundioso compendio de textos. Y así es como, tras el ruido y la furia de una sociedad que progresivamente se sume en el lodo del espectáculo y la noticia fácil, tras la necedad y la estulticia galopantes con que los medios de comunicación sabotean y embotan nuestra capacidad de raciocinio, mientras la cultura mediática avanza hacia un sumidero ético y estético sin fondo, de esta manera, pues, todas esas publicaciones, webs o blogs culturales a día de hoy prosiguen la terca pero necesaria tarea de conocer a fondo los mecanismos del hombre y su mundo.

"El libro de Lucrecio", por Ángel J. Pereira


En el año 97 a. C. nace el poeta Tito Lucrecio Caro, el cual, después, trastornado por un bebedizo amatorio, tras haber compuesto a lo largo de los intervalos de la insania algunos libros, que después Cicerón enmendó, se mató por su propia mano en el año 44 de su edad.”

Con esta parquedad descriptiva llegan hasta nuestros días, gracias a una traducción de San Jerónimo, las Crónicas de Eusebio, una de las pocas reseñas biográficas que se conservan del desdichado poeta romano Lucrecio. A pesar de su simpleza, esta referencia nos vale para situar a Lucrecio en una época romana de enorme convulsión (s. I a. C.): resquebrajamiento civil de la República por las contiendas entre Mario y Sila hasta la muerte de Clodio y las posteriores con César, los albores del comienzo del totalitarismo imperial y la consiguiente caída irrefrenable de los valores democráticos republicanos. Una época oscura, violenta y abigarrada la que toca a Lucrecio vivir (y quizá sufrir) y que éste burla para llevar a buen término una de las obras fundamentales de la Antigüedad: De Rerum Natura, quizá la única obra de fe en la razón y la ciencia que nos ha llegado de aquel período. Una obra que es prácticamente única en su especie, pues no existía demasiada tradición latina en la épica didáctica, y mucho menos existía la voluntad lucreciana de crear un tratado científico sobre la base sistemática de un hilo argumental lógico-deductivo que abarcase toda la realidad, es decir, la voluntad de crear un tratado cerrado con aspiración a la totalidad.

Gracias a esta obra podemos deducir que es Lucrecio un gran deudor de la filosofía de Epicuro (considerados sus seguidores sectarios en aquella época) y se especula, sin pruebas fidedignas, que el propio poeta haya viajado a Grecia para cultivarse en el estudio de la filosofía helénica (algo bastante típico entre los patricios romanos) con Zenón, que era quien dirigía la escuela por aquellas fechas. Poco más podemos sonsacar de tan misterioso personaje, lo que quizá lleve a alguno a plantearse la contradictoria pregunta: ¿cómo es posible que uno de los principales arquitectos de la Ciencia antigua permanezca durante siglos en un inexplicable silencio y bajo el manto, prácticamente, del anonimato?

Cualquiera que se atreva a asomarse a la poética científica de Tito Lucrecio encontrará entre sus páginas la respuesta a la lógica de esa duda razonable: no son las enseñanzas de Lucrecio concesivas con la Verdad única transmitida por los filósofos, eruditos y políticos romanos. Más al contrario, está en la voluntad didáctica del poeta latino el levantar el velo de la ignorancia de las masas, busca cortar esa tupida red que interesadamente tejieron los grandes poderes fácticos de la sociedad romana para gobernar a sus huestes bajo el yugo del miedo y la superstición. De esta forma, Lucrecio se desmarca radicalmente, siguiendo la rama negacionista epicúrea, de la ciencia convencional o aristotélica, consensuada hasta entonces por aquellos que tenían en su poder las herramientas del conocimiento. Así se atreve a negar el dualismo del alma platónica (“Ni el árbol en el aire, ni las nubes en el profundo mar, existir pueden (…) tiene lugar cierto cada ser donde crezca y donde exista: no puede el alma así nacer aislada (…) Afirmaremos que no pueden nacer y durar fuera”) y su inmortalidad (“…de cualquier modo el alma puede perecer: no se han cerrado las puertas de la muerte para el alma”), a evitar el pánico mortal a la muerte (“La muerte nada es, ni nos importa, pues es de mortal naturaleza”) y afirmar que es fruto de la ignorancia; a rebelarse contra las deidades y su divina providencia (“Fingen ser ellos obras de los dioses y producción divina todo esto: muy engañados van en su sistema (…) con la vista al cielo comprobarte y con otros fenómenos que el mundo no ha sido por los dioses fabricado pues es tan deficiente e imperfecto”), a explicar la formación del mundo sobre la base de la conjunción de pequeñas partículas denominadas “átomos” (“la extremidad de un átomo es un punto tan pequeño, que escapa a los sentidos, debe sin duda carecer de partes; él es el más pequeño de los cuerpos”) e incluso a criticar la religión y sus crímenes, a través de una analogía de la mitología griega en la que se sacrifica a Ifigenia por una guerra religiosa, para terminar con una alegoría desgraciadamente actual: “¡Tanta maldad persuade el fanatismo!”. En los seis libros de los que consta la magna obra, Tito Lucrecio se encarga de disipar temores nacidos de la ignominiosa superstición, así como tratar de aproximarse al origen de los cuerpos y nuestras sociedades o explicar fenómenos como los rayos, los días y las noches, la agricultura, la música o el lenguaje, todo ello atribuido antiguamente a la voluntad arbitraria de los dioses paganos.

Expuesto a grosso modo el hilo argumental de la épica lucreciana, obtendrá el avispado lector la respuesta a la duda que enunciábamos en líneas anteriores. Lucrecio, como tantos otros infatigables luchadores contra la insidia de su tiempo, permaneció recluido en el rincón de la Historia reservado al silencio; el rincón donde se alojan las verdades incómodas que se anticipan a la evolución del pensamiento en que les toca vivir. Es Tito Lucrecio un hombre solitario, pensador incansable y demente en sus últimos días, el perfecto vocero para anticiparnos el “infierno existencial” sobre el mítico “supraterrenal”: el dolor, la aflicción, el desamparo y el desarraigo no hay que buscarlo atravesando el río Aquerón, sino en las relaciones humanas, en las guerras, en la mentira, en la traición. En sus propias palabras: “Es aquí, en este mundo, donde la vida de los necios se convierte en un verdadero infierno”.


martes, 29 de enero de 2008

Ana Fernández y el arte de mil caras


La interacción entre distintas disciplinas y técnicas se ha desvelado un pilar fundamental del arte contemporáneo, un arte que parece rehusar toda noción de globalidad para tender fervorosamente, en ocasiones no carente de cierto estrépito, hacia el eclecticismo. Incluso la figura del artista como criatura especializada se ha modificado en nuestros días por la de un creador múltiple, que abarca y combina distintas facetas de expresión.

Dentro de ese magma de creadores polifacéticos encontramos una nueva horneada de autores tales como Ana Fernández, joven artista barcelonesa que se ha prodigado en campos diversos como pintura, vídeo-art, animación 3D y documental.

Tras completar su formación en bachillerato artístico se decantó por los estudios audiovisuales en la Universidad de Barcelona, a la par que distintos cursos de aprendizaje en 3D y efectos especiales entre otros. Para sus creaciones plásticas Ana Fernández utiliza técnicas acuosas como guache, témpera, tinta china o acuarela, sirviéndose por lo general de soportes de madera. Sus pinturas y/o dibujos basculan o se ven influenciados por géneros diversos como constructivismo, expresionismo abstracto, futurismo, abstracción, etc, en un crisol carnavalesco de estilos variados cuya deliberada mixtura parece poner de manifiesto el deseo de la autora por hallar una voz propia. Para Ana Fernández, la pintura es una “terapia”. Saltando de una técnica a otra en función de cada obra, se sirve del collage y la mezcolanza, “enganchando elementos”, ideas o sensaciones, “por lo que en muchas ocasiones el espectador que ve mis cuadros no decodifica lo mismo que yo he codificado. Y eso es lo que más me gusta”, asegura.

Ana Fernández ha desarrollado su vena audiovisual en documentales y cortometrajes, de la que ofrecemos una muestra basada en un poema de su creación en la BARRA DE VÍDEO bajo la cabecera de Saturnalia.

Autores polifacéticos, contumaces o felizmente extraviados, los actuales son creadores en los que ante todo prima la variedad de intereses, en los que, para bien o para mal, confluye la denostada “cultura de masas” o globalidad cultural, resultando en ocasionales portentos de inquietudes artísticas que relativizan, yuxtaponen y fusionan los acartonados dogmas del convencionalismo.

Desde aquí queremos animar a otros creadores a que nos envíen sus trabajos (sean de vídeo, fotografía, diseño, pintura o cualquier otra forma de expresión) y así poder exhibirlos en Saturnalia de manera absolutamente desinteresada, pues es nuestro deseo dar lugar a toda clase de colaboraciones o experimentaciones artísticas afines a la consigna del "arte por el arte". Para enviar vuestros trabajos podéis dirigiros a saturnalia.blog@gmail.com
Atme,
la redacción.