El otro día llamó mi atención un póster publicitario por la calle. El póster, colgado de los árboles a lo largo de toda la Rambla y perteneciente a una expo de pintura de Courbet, rezaba: Por favor, ¡un poco de realismo! Es curioso, me dije, cómo en la actualidad, saturados de arte posmoderno, suspiramos por el realismo del mismo modo que la generación de los surrealistas, saturada de realismo, suspiraba por un poco de imaginación. Dentro de un estado de cosas donde el irrealismo es norma habitual, las representaciones realistas nos parecen ahora una suerte de abstracción, una fantasía de la razón. En sus comentarios a la novela Netherland, el club de críquet de Nueva York (Joseph O'Neill, 2008), la escritora y ensayista Zadie Smith reflexiona así: “Netherland en realidad no quiere saber nada de los malentendidos. Quiere ofrecernos la verdadera historia de un yo. Pero ¿de verdad es ésa la sensación que da tener un yo? ¿Acaso los yos siempre buscan su propio bien, en último extremo? ¿Nunca son perversos? ¿Siempre quieren significado? ¿No quieren a veces lo contrario? Y ¿es así como funciona la memoria? ¿Vuelve a menudo nuestra infancia en forma de ensoñaciones coherentes y líricas? ¿Es así como se percibe el tiempo? ¿Realmente las cosas del mundo nos llegan de ese modo, bordadas en la fantasía verbal de los tiempos pasados? ¿Es esto verdaderamente el realismo?” (“Two paths for the novel”, The New York Review of Books.)
Aquí se evidencia lo que representa el realismo hoy para nosotros: ha dejado de tener sentido, es incapaz, como era antes, de aportarnos cualquier noción de realidad, porque ya no podemos identificarnos con él, ya no podemos hablar de tú a tú con una imagen que intuimos ilusoria o superflua. Desde nuestra fragmentación, desde nuestra quiebra total con los conceptos clásicos de Verdad y Realidad, el mundo se ha tornado un escenario más cercano a la ciencia ficción y el absurdo que a cualquier esquema de coherencia lógica. (La lógica, o el lenguaje sin ir más lejos, siguen siendo y siempre han sido un discurso hermético y oscuro, rayano a lo místico, como aseveraba el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas: “No existe nada más místico que el propio lenguaje.” Místico por inaprensible, por falible, por inaccesible aun para los que se dicen sus cultores.) Nuestra realidad mental --en cierto modo nuestra realidad más real-- no funciona como en los libros de texto, tampoco como en las novelas de folletín; el pensamiento no aparece ordenado y dotado de ritmo, sentido, etc; no hay principio ni final identificable, estructura, composición, etc. Antes bien, todos esos factores han dado en buscarse en otro tipo de planos como el arte, la técnica, etc, donde ahí sí, somos capaces de plasmarlos y poder admirar su asombroso sentido (la filosofía misma es un gigantesco intento por poner arreglo a esta situación, y por este camino puede que debiéramos contemplar la filosofía como un tipo de arte).
Es más real, como dice el historiador del arte E. H. Gömbrich, la mirada de Monet que la de Powell Frith. Real por cuanto responde a una serie de emociones y percepciones humanas efectivas --aunque no mesurables--, mientras que la pintura naturalista o realista plantea un mundo ideal que difícilmente un hombre contemporáneo podría reconocer. (No hay más que echar un vistazo a otras culturas para comprobar que no existe un canon universal respecto a lo que llamamos “realismo”. El obsesivo pizzicato de Vivaldi, el trazo apresurado de Rembrandt o la redondez de un templo hindú son rasgos que expresan un sentimiento auténtico y particular, por más que algunos universalistas se empecinen en anular la realidad particular en prior de una supuesta realidad general.) Un Rafael, un Vitorio de Sica, nos parecen o nos parecerán en un futuro próximo algo fantasioso, mientras que un Francis Bacon o un David Lynch se aproximan cada vez más a lo real. Tal vez sea el cambio natural de los tiempos: no podemos afirmar que un Tintoretto sea más real que un Monet por la misma razón que la cosmogonía de Ptolomeo no es más real que la Relatividad General de Einstein. Sostener la realidad de las teorías newtonianas equivale a mantener la realidad de la pintura renacentista por el hecho de que se asemeje a cierta imagen armoniosa del mundo, pero esto no quiere decir que este mundo en el que vivimos sea necesariamente armonioso. Se trata, una vez más, de puras perspectivas. Y en lo que a nuestra perspectiva concierne, la realidad ha muerto.
Para Platón y los griegos, los conceptos de “forma” e “idea” eran indisolubles, en una extraña concepción que designaban con la palabra eidós, de la que derivarían a su vez la Teoría de los Arquetipos y la palabra “ídolo”. Desde el siglo XVII, la modernidad ha dado en diferenciar más claramente estos conceptos, forma y contenido, y de este modo, el conocimiento de lo que debe ser el universo se interpone entre nuestro juicio y lo que vemos realmente.





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada